Desde hace más de tres décadas, Carlos Cáceres madruga para ofrecer café en Libertador y Mansilla, convirtiéndose en un testigo de la realidad sanjuanina.
A la madrugada, cuando la mayoría de los sanjuaninos todavía transita el sueño profundo, Carlos Cáceres ya está en pie. No es una rutina nueva, es el ritmo que marca su vida desde hace más de tres décadas. Entre el vapor del café y la calidez de su puesto en la esquina de Libertador y Mansilla, Carlos es un testigo privilegiado de la realidad de la calle.
“Es un trabajo bastante sacrificado”, confiesa con la sencillez de quien conoce el valor del esfuerzo. Su jornada empieza en la intimidad de su hogar, donde dedica cuatro horas a la preparación previa antes de pasar por la panadería y desembarcar en su estratégica esquina. En total, son 12 horas de labor diaria para sostener un oficio que, además de sustento, es su forma de conectar con los demás.
Esa conexión se hace visible hasta los fines de semana, cuando el puesto se transforma. Banderas y camisetas de Boca y River le ponen color a la vereda, anticipando los clásicos y alimentando el folclore futbolero que tanto gusta a sus clientes.
Sin embargo, detrás de la charla amena y el café caliente, Carlos no es ajeno a la situación actual. Como termómetro social de la calle sanjuanina, observa con preocupación el presente: “Veo que estamos pasando un momento difícil. Es el día a día; uno sale a trabajar pero no sabe lo que se va a llevar”, cuenta.
Por su puesto pasan todos, desde pintores y jardineros hasta albañiles y limpia piletas. Esos trabajadores que, al igual que él, la pelean desde temprano. En un contexto de incertidumbre, el café de Carlos en Libertador y Mansilla sigue siendo ese refugio necesario para arrancar el día con un poco de calor y mucha esperanza.
