En el corazón de la capital sanjuanina, un vendedor informal relata cómo enfrenta la coyuntura económica con su puesto de golosinas, destacando el valor social de su labor y los desafíos del día a día.
En medio del contexto económico actual, la experiencia de Nicolás Montaña ilustra la realidad de numerosos trabajadores informales en la provincia de San Juan. Desde su juventud, eligió la vía pública como lugar de trabajo, estableciéndose en la calle Mendoza, entre Ignacio de la Roza y Mitre, en el microcentro de la ciudad. Allí, bajo una sombrilla, ofrece praliné recién preparado, pochoclo, alfajores y galletas.
«Me dediqué a esto desde chico», comentó Nicolás, señalando que su actividad es parte de su vida desde hace tiempo. Sin embargo, reconoció que la situación económica ha impactado en su rutina. «Las ventas estaban muy tranquilas y trataba de venir todos los días para poder hacer algo y llevar a la casa», explicó.
Para Nicolás, el trabajo en la calle también tiene un componente social importante. «Antes de estar en mi casa prefería venir acá, porque me relacionaba con la gente y me distraía», afirmó. Respecto a las ventas, describió un consumo irregular. «A veces se vendía, pero la gente pensaba que $1000 por un praliné era caro, cuando hoy con eso no hacemos nada», expresó, reflejando la tensión entre los precios y el poder adquisitivo de los consumidores.
Esta realidad también afecta sus planes personales. «Las ventas estaban muy flojas y era muy difícil pensar en irme a vivir solo», reconoció. En este escenario, la calle se convierte en un espacio de supervivencia. «Está muy jodida y hay que rebuscársela», sostuvo, una frase que, según él, resume la situación de muchos trabajadores informales.
Nicolás mencionó que no es el único en esta condición. «Había muchos colegas con familia que tenían que salir todos los días para sostener a sus hijos», agregó, dando una perspectiva más amplia de la dinámica laboral en el centro de San Juan. Como estrategia para atraer clientes, destacó el aroma de su producto estrella. «El olorcito era lo que llamaba», dijo sobre el praliné que prepara al momento, convirtiendo su puesto en un punto de interés para los transeúntes.
Con esfuerzo y constancia, Nicolás mantiene su actividad, enfrentando los desafíos económicos a través del contacto directo con la gente.
