La decisión del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, de imponer aranceles de importación generalizados abrió una temible Caja de Pandora. Las consecuencias se verán con el tiempo, pero sin duda somete a un tremendo stress a la economía global, y por supuesto tiene consecuencias también para la Argentina.
Más allá de que la simpatía entre Javier Milei y Trump pueda atenuar los efectos en el marco de la relación bilateral, el impacto ya se siente. Mientras escribo estas líneas, el precio de la soja, por lejos el mayor producto exportable de la Argentina, está cayendo en Chicago otro 5%. Desde que se conoció la medida lleva una baja de más del 10%. Y respecto de abril de 2024, la caída es de un 25%.
Algunos analistas piensan que este derrumbe es consecuencia de que los principales afectados, como la República Popular China (blanco principal de la ira de Trump), dejarán de comprar soja norteamericana, pero como no pueden prescindir de ella, apelarán a la del Mercosur. Y sostienen en consecuencia, que «no necesariamente el mercado de Chicago será la referencia».
La historia les da cierta razón. Durante el anterior gobierno de Trump, también castigó con aranceles a los productos manufacturados de China. Como consecuencia, en el caso de la soja los chinos migraron del origen norteamericano al sudamericano, en particular Brasil. Es que la Argentina no exporta mucha semilla de soja sino fundamentalmente sus derivados industrializados (aceite, harina, biodiesel, lecitina). China prefiere llevarse el trabajo a su casa, desgravando al poroto y aplicando aranceles a los productos elaborados.
Por eso el principal beneficiario fue Brasil, que aprovechó la bolada para sostener su fuerte expansión sojera. No hubo explosión de precios, pero la preferencia se hizo sentir. Brasil es por lejos el mayor productor y exportador mundial. Ya desde que asumió Trump, los farmers de Estados Unidos, que lo apoyaron masivamente, manifestaron su temor de que volver a retaliar las manufacturas chinas iba a realimentar la tendencia.
La agricultura mundial está bajo stress, con precios bajos y costos en alza, tanto en insumos como equipos. Lo que menos hace falta es una exacerbación del proteccionismo, dando marcha atrás a 30 años de intentos de liberalizar el comercio mundial.
La decisión de Trump no va en el sentido esperado: agrega leña al fuego, cuando había que extinguirlo. Abrir la caja de Pandora significa liberar todos los vicios. Para países que han sabido vincular la tecnología con los recursos naturales, como la Argentina, brota una amarga sensación de inmovilismo. El proteccionismo anula el impulso creativo. Los Estados compensan las diferencias de productividad. La sociedad global no percibe inicialmente el perjuicio, porque prevalece el lobby de sectores presuntamente favorecidos. A la larga perdemos todos. Pruebas al canto.
Tiene razón Trump cuando señala la asimetría en la que se sumió la economía estadounidense. No tiene razón cuando, en lugar de buscar la salida por el sendero de la libertad, lo hace volcando un bidón de nafta en la Organzación Mundial de Comercio (OMC).
Lo que le queda ahora a la Argentina es atenuar el impacto local. Sobre el global hay poco que hacer. Pero la suba de los aranceles un 10%, que le toca por ahora al país, afecta muchísimos productos de alto impacto en particular en las economías regionales. El maní, los vinos, la cadena de los cítricos, la carne vacuna, los aceites, para citar algunos. La buena relación de Milei con Trump debería conducir al objetivo de equilibrar las cargas. Es la tarea del momento, sabiendo que el telón de fondo es que en los productos agroindustriales, Estados Unidos es estructuralmente un competidor. Y que el lobby de los farmers ha doblegado a Washington más de una vez.
Hay una gran batalla por delante. Dice la mitología que en el fondo de la Caja de Pandora quedó la Esperanza.