El Teatro del Pueblo y el movimiento independiente cumplen 90 añosEspectáculos 

El Teatro del Pueblo y el movimiento independiente cumplen 90 años


Nueva fachada del Teatro del Pueblo, en Almagro

Qué día tan particular para el teatro argentino resulta el 30 de noviembre. Dos teatros indispensables para su historia se fundaron con diferencia de 147 años ese mismo día. El primero, en 1783, el Teatro de la Ranchería -ubicado en las actuales calles Alsina y Perú-, le dio al teatro su Día Nacional. Pero también, ese mismo día, en 1930, el periodista y dramaturgo Leónidas Barletta fundó el mítico Teatro del Pueblo y con su creación nació el movimiento independiente en América latina porque se trata de la primera sala de ese estilo en la región. Por eso, el 30 de noviembre fue un día absolutamente teatral. Ni qué hablar si se le suma el natalicio en 1934 de Roberto Tito Cossa, uno de los dramaturgos argentinos más importantes del siglo. Recién en 2010 la Legislatura porteña declaró a esa jornada como Día del Teatro Independiente en conmemoración de la fundación del Teatro del Pueblo que el lunes cumplió sus 90 años.

Es cierto, la fiesta debería ser de otro modo: con los teatros abiertos y la ciudad capturada por la fuerza huracanada del teatro alternativo, tomando sus calles, haciendo fiestas por cuanto rincón exista. Pero una vez más, el Teatro del Pueblo y el teatro independiente deben enfrentar dificultades.

Hace solamente un año, este mismo día, se celebraba un triunfo del teatro independiente por partida doble. Por primera vez en sus noventa años el Teatro del Pueblo abría sus puertas en un espacio que le era propio. Su nueva casa, construida, remodelada, cuidada emprendía un nuevo camino más fuerte y sólido. Ese que había empezado el mismo día pero noventa años atrás Leónidas Barletta cuando fundó el Teatro del Pueblo en el bajo porteño. Un día tan importante, una acción fundamental que luego derivó en el mayor emprendimiento teatral argentino: con su creación nacía sin saberlo en sus comienzos una nueva forma de concebir el hecho escénico. Más experimental, menos efectista y con un profundo respeto por la materialidad teatral: el teatro independiente empezó a tomar tal fuerza que hoy en día Buenos Aires es considerada una de las capitales teatrales del mundo y la ciudad de habla hispana con más teatro del mundo. Sí, la ciudad de Buenos Aires tiene récords increíbles como tener en un mismo pasaje de dos cuadras de extensión más salas teatrales que en varias provincias del país enteras. Tantos estrenos que si una persona quisiera verlos todos debería ir tres veces por día los 365 días del año. Esto hablando, claro, en tiempos normales sin pandemias mediante. Y todo esto es gracias y por el teatro independiente. Independiente de cualquier rédito económico, hecho por la pasión, la voluntad, el entusiasmo y la profesionalización de sus miembros.

Los primeros estrenos fueron Títeres de pies ligeros, de Ezequiel Martínez Estrada; La madre ciega y El pobre hogar, de Juan Carlos Mauri. Barletta pretendía un teatro de arte, de contenido social, que interviniera sobre la sociedad para hacerla reflexionar, orientándola y educándola. En sus espacios escénicos se estrenaron obras de Gogol, Shakespeare, Cervantes, Tolstoi, Lope de Vega, Molière, O’Neill, Cocteau, Andreiev y, lógicamente, centenares de autores nacionales. Entre los primeros autores en estrenar allí estaban los que formaban parte del denominado Grupo de Boedo: Roberto Mariani, Nicolás Olivari, Ezequiel Martínez Estrada, Enrique González Tuñón y, sobre todo, Roberto Arlt. El mismo Barletta fue quien motivó al autor de Los siete locos a escribir para el teatro. El mismo Barletta fue quien motivó al autor de Los siete locos a escribir para el teatro, y le dirigió las obras Prueba de amor (1932), Trescientos millones (1932 ), Saverio, el cruel (1936), La isla desierta (1937), África (1938), La fiesta del hierro (1940) y La cabeza separada del tronco (1964). “Era todo un suceso estrenarle. Los actores se divertían tanto como los espectadores. Después llegaba él, en los entreactos, guiñando los ojos rientes, bajo las cejas hirsutas, frotándose las manos alisándose los mechones que ya empezaban a agrisarse, y tenía una palabra de estímulo para cada uno o una frase mordiente, porque su espíritu era insobornable. Y humilde. Su humildad era legítima. La humildad del que sabe que ninguna concesión puede disminuirlo. La humildad de quien desprecia la fácil nombradía, de quien tiene en más su propia vida, y no la revista de solemnidad literaria”, describió Barletta a Arlt, en 1942, en la revista Conducta.

En una cláusula del reglamento de 1967 se disponía que “el orden y limpieza de la casa está a cargo de los mismos actores… En el Teatro del Pueblo no se admite ninguna servidumbre”; y en otra se suspendía a aquellos actores que llegaran tarde a los ensayos.

Hoy le toca festejar su cumpleaños de una manera gris y preocupante. Su debilidad económica es una constante y en este año mucho más agudizada, casi al borde de la tragedia. Pero si se repasa su historia, sus nueve décadas, es probable que se arribe a la conclusión de que nunca va a dejar de existir.

Desde 1930, el Teatro del Pueblo ocupó varios locales hasta que en 1943 recaló en el sótano de Diagonal Norte 943. Desde su nacimiento, el 30 de noviembre de 1930 hasta el 15 de marzo de 1975 tuvo a Barletta como protector. Por aquel entonces tuvo que cerrar sus puertas durante toda la dictadura militar y un poco más, hasta que un grupo de teatristas, herederos del gran movimiento de Teatro Abierto, decidió salvarlo. Se reabrió en 1987, pero como los herederos del fundador no cedían su nombre, se lo denominó Teatro de la Campana. ¿Por qué? Es que Leónidas Barletta tenía la costumbre de agitar una campana para avisar a los espectadores que estaba por comenzar la función.

Pudo recuperar su nombre como Teatro del Pueblo gracias a sus ángeles guardianes, un grupo de autores teatrales que protege y cuida la salud de aquel legado. Ellos son los que forman la Fundación SOMI -por el dramaturgo Carlos Somigliana– porque su historia ha sido tan sufrida que merece cuidados extremos.

“Cuando murió Barletta quedaron como herederas su mujer, la actriz Josefa Goldar y dos actrices más de su compañía -cuenta Roberto Perinelli, autor, directivo de Argentores, docente y uno de los diez integrantes de la Fundación Somi-. Para ese entonces el sótano pertenecía a Barletta y a ellas les costó mucho mantenerlo y, en 1994, Floreal Gorini, que dirigía el Instituto de Fondos Cooperativos, les compró los tres sótanos a las tres mujeres. Y nos llamó a nosotros, a la Fundación Somigliana -ya existíamos desde 1990- para proponernos dirigir el teatro. Aceptamos pero advertimos que sin una reforma no estaba en condiciones. Y Gorini aceptó, nos asociamos, compartimos los gastos y agregamos, además, la segunda sala. Obtuvimos mucho apoyo. Por aquel entonces estaba Pacho O’Donnell como secretario de Cultura y nos dio ayuda financiera. En 1996 comenzamos con las actividades. La única pauta que pusimos fue que todas las obras representadas sean de autores argentinos. Justamente cuando creamos la Fundación lo hicimos con el fin de promover al autor nacional. En 2016 comenzamos a notar muchos deterioros porque los sótanos son muy complicados. Ya había muerto Gorini y no encontrábamos el mismo eco con las personas a cargo del Instituto de Fondos Cooperativos que eran nuestros socios. Con Gorini todo era por palabra, jamás firmamos un contrato y nunca tuvimos ningún problema. Antes de comenzar con las mejoras edilicias fuimos a hablar, no nos pusimos de acuerdo y decidimos irnos. Nos quedamos con el nombre pero sin el lugar. Conseguimos plata de todas partes, incluso pusimos plata nuestra y encontramos el espacio que está en Lavalle 3636 e hicimos una remodelación inmensa. Recién en noviembre del año pasado pudimos abrir sus puertas y en febrero último estrenamos la primera obra. A las pocas semanas tuvimos que cerrar las puertas”.


Roberto Perinelli, Roberto Cossa, Bernardo Carey, Marta Degracia, Héctor Oliboni, Raúl Brambilla, Adriana Tursi, Mariela Asensio y Andrés Binetti

Si bien la historia del teatro independiente tiene variaciones a lo largo de su historia, en un comienzo el propio Barletta imaginó un teatro contracultural, ligado a la experimentación. “El teatro independiente a lo largo de su historia fue cambiando, y en ello reside su permanencia. Primero fue la defensa del teatro culto, luego la de los actores estudiosos y más tarde la reivindicación del dramaturgo nacional y ésta fue la etapa que nos tocó a nosotros. Hoy lo es la creación de nuevas estéticas”, cuenta Bernardo Carey, que junto a Cossa y Perinelli son los históricos de la Fundación. La completan Marta Degracia, Héctor Oliboni, Raúl Brambilla, Adriana Tursi, Mariela Asensio y Andrés Binetti. Hace algunos años, desde la Fundación se buscó sumar miradas nuevas sobre la dramaturgia. “Empezó siendo un teatro basado en principios éticos, típicos de la época, con gran influencia de la izquierda hasta comienzos de los años 60. Nadie cobraba dinero por hacer teatro y nadie se pasaba al teatro comercial sin ser ‘crucificado’. Eso cambió con las cooperativas en las que todos empezaron a recibir dinero (casi siempre poco) por su trabajo. Otro dato distintivo es que en su origen los teatros independientes tenían elencos estables con sala propia”, suma Roberto Cossa. Basta mencionar títulos como El niño argentino, Ala de criados o Terrenal, de Mauricio Kartun, éxitos que solían tener una frecuencia de funciones similar a las del teatro comercial. Otros grandes éxitos de las últimas tres décadas fueron: Príncipe azul, de Eugenio Griffero, inolvidable puesta de Omar Grasso, con Villanueva Cosse y Jorge Rivera López (1997); Venecia, de Jorge Accame, dirigida por Helena Tritek (1998-99); Paula.doc, de Nora Rodríguez, dirigida por Hugo Urquijo (1998); La cena, de Roberto Perinelli, dirigida por Roberto Villanueva; Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack (1999), de Federico León; La mosca blanca, de Eduardo Rovner (2000); El juego de la silla, de Ana Katz (2001); Azul metalizado, de Susana Torres Molina, dirigida por Guillermo Ghio (2001); El señor Martín, de Gastón Cerana (2003-2004); Bésame mucho, de Javier Daulte (2003); La estupidez y El pánico, de Rafael Spregelburd (2004); ¿Estás ahí?, de Javier Daulte (2004); Guayaquil… el encuentro, de Pacho O’Donnell (2005-2006), dirigida por Lito Cruz; El trompo metálico, de Heidi Steinhardt (2007); No me dejes así, de Enrique Federman (2007); entre muchas otras.

“El Teatro del Pueblo es mi casa, una casa construida por muchos para muchos. Ese fue el espíritu que nos acompañó durante la construcción del nuevo edificio -cuenta la dramaturga y docente Adriana Tursi que se sumó a la Fundación hace siete años-. Guardo imágenes del grupo Somi alrededor de una gran mesa pensando y discutiendo el proyecto. Fueron años intensos de trabajo, de tratar de tener claro qué era la que queríamos, no solo en términos edilicios, diría que eso vino después, era necesario renovar la energía que el Teatro del Pueblo traía para el nuevo espacio. Y lo maravilloso es que el proyecto nos excede, uno es solo una parte en esta construcción. Aprendí mucho de los compañeros históricos de Somi. Ellos fueron mostrando que para que el proyecto funcione es necesario poner deseo y desapego, las dos cosas por igual. Veníamos entrenados, porque el teatro es el arte de lo efímero”.

El teatro independiente ha sobrevivido a golpes militares, a censuras pero nunca en su historia ha permanecido cerrado por tanto tiempo y entonces la preocupación va en aumento. “Si nos guiamos por la historia del teatro, éste no sólo ha vivido luego de las pestes medievales y las de la edad moderna, sino que en su nacimiento griego fue impulsado por éstas”, agrega Carey sin perder jamás el humor. Y así seguirá su derrotero, sorteando dificultades pero con la certeza de ser el bien cultural e intangible más preciado.


La comedia y la tragedia, en la historia del Teatro del Pueblo

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