A 44 años del conflicto, Ramón Flores, un trabajador civil de Sarmiento, relata su experiencia de combate y cautiverio en las Islas Georgias del Sur, donde fue capturado por fuerzas británicas.
A 44 años de la Guerra de Malvinas, las historias de los protagonistas locales siguen arrojando luz sobre la magnitud del conflicto. En esta oportunidad, el sarmientino Ramón Flores relató al periodista Polo Quiroga su experiencia en las Islas Georgias del Sur, donde lo que comenzó como una labor civil terminó en una situación de combate y cautiverio.
Ramón no fue a las islas como militar, sino contratado por una empresa para desmantelar factorías balleneras. Sin embargo, el destino lo puso en el centro de la escena el 25 de abril, cuando se desató el enfrentamiento armado. «Nos tuvieron que guardar adentro de un sótano y, cuando salimos, ya no nos hablaban en castellano», recordó sobre el momento en que se supo rodeado por fuerzas británicas.
El momento más crítico para Flores y su grupo de 39 compañeros —quienes, afortunadamente, regresaron todos con vida— fue una marcha forzada de 6 kilómetros por la montaña bajo la amenaza constante de las armas enemigas. «Íbamos caminando por el camino de los renos, subiendo y bajando montañas, hasta que nos iluminaron con metralletas. Nos tiramos al piso entre gritos», relató.
En medio de esa tensión, recordó cómo una bazuca impactó cerca de su posición: «Sentí cuando cayó la esquila; me clavé la cabeza entre la bolsa que llevaba y una roca para protegerme». Esa noche la pasaron a la intemperie, sufriendo la escarcha y el agua de mar, al punto de quedar entumecidos por el congelamiento.
Tras ser capturados, comenzó una etapa de aislamiento. Ramón fue trasladado en una lancha hacia un buque, donde permaneció encerrado por tres semanas. «Estuve prisionero 20 o 21 días sin saber si iba para el norte o para el sur, ni si había salido el sol. Iba encerrado», explicó sobre el traslado hasta llegar a la Isla Ascensión.
Finalmente, gracias a la intervención de la Cruz Roja, el grupo fue rescatado y enviado a Uruguay, desde donde pudieron regresar a Buenos Aires y, finalmente, a su San Juan natal. Su historia permanece como un testimonio de que la guerra alcanzó no solo a los soldados, sino también a civiles que quedaron atrapados en la primera línea de fuego.
