Con restos de tierra hasta el cuello, mirada abatida y más barro que marketing romántico, Ana Garibaldi se deja descubrir en afiches porteños. “Voy a soñar conmigo”, expone la actriz y docente, no sin antes precisar que la autorreferencia -luego del estreno de En el barro, líder global en series de habla no inglesa de Netflix– tiene como receptora natural a Gladys Guerra, viuda de Borges y nave insignia del comentado spin-off de El Marginal.
“Estoy pasada. Ahora mi marido fue a buscar a mi hija al colegio, algo que suelo hacer más yo. Y la señora que nos ayudaba con Amanda desde chiquita, ya jubilada, tuvo que venir a rescatarnos”, aclara Ana Garibaldi. Y en un tren que podría llevársela por delante (atiende a Clarín en su última nota de cinco), la actriz que de un bolo ocasional escaló a protagónico, enseguida barre cualquier fantasía. “Sé que es un momento y va a pasar, pero quiero disfrutarlo”.
Del agua al barro y del barro a las rejas, su destino en “La Quebrada” (penal de mujeres recreado de cero) lo enmarca un incidente que, en circunstancias extremas, la vuelve cabecilla involuntaria de una banda de reclusas.
“Me gustó la idea de Gladys entrando súper vulnerable a la cárcel intentando no llamar la atención. Tengo muchas escenas de observar, callada, pero no me pude aburrir nunca con ella. Ni cuando estaba re pizpireta con el chicle a los tiros o cuando entra tranquila a la ducha”, dice la figura del boom de la productora Underground, que privada de su libertad y menos combativa, regresa al set con otra pisada.
“Lo que me más sorprende es cómo estará enfebrecida la gente para que Netflix diga: vamos a hacer esto. Sabía que era un personaje esperado, casi por pedido y que iban a estar los ojos sobre mí”, agrega.
La actuación para sentirse poderosa
-¿Se lo debés al público?
– El empuje seguro. Es un ida y vuelta. En la calle me hablan con mucho respeto. No sé si por el tipo de personaje, mi edad o forma de ser. Y me doy cuenta que me gusta, ojo. Pero no era mi búsqueda.
-¿No?
-Nunca, imaginate que fui por un par de bolos y terminé acá. No trabajo para llegar a ese objetivo. La actuación es sanadora y me permite jugar muchos juegos que no juego en mi propia vida. Sacar miedos, jugar con la muerte y cosas de la propia neurosis. Yo soy muy obse con ciertas cosas.
Le tengo miedo a la muerte y cuanto más grande me pongo, peor. No sólo a la muerte física, sino la finitud. Que tiene que ver más con algo melancólico mío. Pero la actuación me retira de ahí. Y siento lo mismo que cuando estaba embarazada, que nada me puede pasar. Empoderamiento total. Me pone en un lugar de acción, activo y vital.
-Antes era impensado que una artista under o sin carrera televisiva fuera protagonista, sumado a los estándares hegemónicos de la vieja tele. ¿Te sorprende el cambio de paradigma o lo veías más lejano?
-Ya no me sorprende porque, por suerte, cambiamos mucho la cabeza para los cuerpos hegemónicos y la hegemonía en general. No todos, pero muchos. Y en el elenco hay chicas no conocidas y son excelentes. Ahí se ven los pingos.
-Con el estreno se dieron a conocer los auto-casting de actrices que no fueron elegidas para “En el barro” y vos sos de las excepciones que no audicionó para entrar a “El Marginal”.
-No hice casting porque Pablo Culell (el productor) me vio en Tercer Cuerpo (teatro) en Timbre 4. Y ahora participé en audiciones de algunas compañeras como la de Carolina Ramírez (Yael) e hice escenas para ver cómo funcionaba la pareja. Porque Gladys, además de todo, es un ser humano y tiene ese tipo de calidez. Es un ser sufriente con sus circunstancias y elecciones.
-¿Había que buscarle otra vuelta para no repetirte?
-Había un libro que pedía que yo fuera hacia un lugar y traté de elegir las maneras más chiquitas y que no llamaran tanto la atención. Más allá que sabía que al personaje lo iban a estar observando.
De la libertad a la prisión
De esa transición y otras más, como su nueva vidriera mainstream, conversa Garibaldi. “Mis compañeras me joden con que soy la jefa, pero estamos todas a la par tirando al mismo lado”, marca la actriz (Los padres terribles, Según Roxi, Tratame bien) de toda la cancha.
-En las cinco temporadas anteriores tu personaje operaba desde afuera. ¿No te veías del otro lado del mostrador?
-No lo pensé nunca, pero con el diario del lunes me gustó. Te puede salir bien o mal. Antes de empezar llamé a una amiga actriz, mujer del actor Marcelo Subiotto, y le dije: “No sé si voy a poder”, porque soy bastante escurridiza de los lugares de centralidad. Pero ya había dicho que sí.
-Gladys viene de enviudar y tiene una escena muy emocional vinculada a Marito Borges (interpretado por Claudio Rissi, fallecido el 2 de febrero de 2024). ¿Te costó remover su recuerdo a través de la ficción?
-A la hora de actuar, no. Éramos amigos con Claudio y me mensajeaba mucho con Nati, su mujer. El recuerdo estaba en el lugar. Hay unos pantalones que uso, con tres rayitas, que pedí especialmente porque era muy de Mario. En esos detalles aparecía.
-¿Te sorprende que el espectador empatice tanto con estas criminales, como también pasó con el papel de Cecilia Rossetto?
–La contradicción del ser humano siempre es interesante de contar en una serie, teatro o fotografía. Los grises son de lo más lindo para trabajar. Si no, se vuelve muy chato. Esta vez me propusieron estar totalmente desmaquillada, desnudos con crudeza, y no la cosa perfectita.
Locomotora Oliveras y dolores en el cuerpo
-Para simular las peleas tenían colchones como apoyo y coach cerca porque eran casi coreografías. ¿Te dio seguridad tener a la Locomotora Oliveras, fallecida el 28 de julio, para hacerlas?
-Primero me cuesta hablar en pasado, porque era tan vital y deportista. Con Locomotora tuve una en el baño y me daba tranquilidad, porque sabía que no me iba a tocar. El cuerpo nunca llega al cuerpo del otro porque hay tantos centímetros de distancia. Con Ana Rujas igual. Tenes que medir la energía y no pasarte para no terminar lastimada.
-¿A tus 55 años, el cuerpo no te pasó factura?
-No me lastimé, pero al final tuve mucho dolor de pies y me hice plantillas. Me agarró un dolor, una cosa re de vieja, en el coxis muy fuerte que no se me iba. Hice osteopatía.
-En la segunda temporada grabó “La China” Suárez y dijo sentirse muy bienvenida. ¿Fue grato rodar con esta camada de actrices como también Valentina Zenere, que trabajan desde tan chicas?
-La China es súper profesional, amorosa, y enseguida se incorporó con nosotras y las extras. No es que decía: «Uy, ahí viene la China». Cero divismo. Me reí mucho con ella. Compartíamos cosas de la maternidad y sus ocurrencias. Y el día que mi hija supo que estaba María Becerra preguntaba: ¿Pero te sacaste una foto? ¿Vamos a poder ir a un recital?”.
Cómo explicarle una ficción a una hija
Vitalicia de las tablas pero con sed de cine, la actriz con varias millas en ficción y algunos premios, señala: “Al teatro siempre vuelvo, aunque ahora no tendría cabeza. Agradezco que el protagónico me llegue en un momento tranquila, con mi hija más grande y no con una bebé porque estaría brotada”.
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Tráiler de «En el barro»
-¿Cuando fuiste mamá no grababas en la cárcel de Caseros?
-Me embaracé finales del 2015 y mi hija nació en septiembre del 2016, justo cuando no se hizo El Marginal. Después se retomó y no se paró. Pero iba a escenas puntuales y me las juntaban, entonces no era tanto. El universo carcelario es punchi y ya maternar solamente es un montón.
-¿A esta altura es imposible que un hijo no encuentre de rebote un TikTok de alguna escena fuerte que uno evitaría que viera?
-Mi hija va a cumplir 9, no tiene acceso a TikTok, pero me pidió ver algo. Igual no me va a encontrar más que peleándome o en un beso con Yael. Le mostré el accidente y después decía: «No me puedo sacar de la cabeza la chica ahogada». Hasta que le mostré cómo se hizo.
-Muchos actores usan la visibilidad audiovisual para llevar gente al teatro. ¿A vos te funcionó como puente?
-Capaz pudo haber un boca a boca, pero no gran mayoría. Yo hice mucho teatro, giraba en Europa por meses, ahorraba dinero, daba clases y hacía algún bolo o publicidad. No creo que haya cambiado mucho. Ojalá venga un poco de estabilidad, pero está complicado.
-¿Sos de las que “vio luz y entró” de chica a una clase de teatro?
-Más o menos. Tuve un novio desde los 15 con un papá poeta que nos llevaba a espectáculos. Nos anotamos en el Instituto Nacional de Arte e hice mi primera clase de teatro que me gustó. Después me anoté en la Manzana de las Luces los domingos a la mañana, de Almagro a San Telmo. Cuando un adolescente está más durmiendo con resaca que en una clase.
Y a su abanico 360, agrega: “Me gusta mucho cocinar. No soy una experta, pero lo hago para mis seres queridos. La fotografía también, sobre todo en viajes”.
-¿Qué valor creés que aportan estas narrativas femeninas contadas por mujeres?
-Primero nos da trabajo y nos conocen más. Hay temáticas que nos atraviesan y está bueno contar. La maternidad, la prostitución. Sólo en las cárceles de mujer hay pabellones de familia. ¿Por qué un hombre no puede paternar? Las mujeres están más solas también y está peor visto que una mujer esté presa a que un hombre.
Y, a título actual, reflexiona: “Hoy estamos viendo por redes o tele cómo revientan a los jubilados a palos o familiares de discapacitados con sus sillas de ruedas y sus velitas debajo de la lluvia. ¡Y está normalizado! Imaginate las cosas que pueden pasar entre cuatro paredes privado de tu libertad y en esta época”.
La misma que la vuelve privilegiada por tener continuidad en pantalla. “Haber laburado cinco meses el año pasado es una situación extraordinaria. Estábamos en una burbuja. No te digo que me da culpa .porque me tocó sin hacer nada malo, pero es duro porque no le sucede a mis compañeros y compañeras”.
-¿Es difícil mirar para otro lado?
-Quiero aprovechar hablar con libertad y no naturalizar que no hay que hacerlo. Respeto al que no quiera. El tema de la cultura es tremendo y constante. Va ser duro, porque va a quedar todo muy difícil, pero también va a pasar.