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Un petardo les ganó a cuatro pistolas: la carta de una mujer que se salvó de milagro de una entradera

Silvina Carreño y su familia vivieron momentos de pánico al ser interceptados por cuatro delincuentes en su casa de San Justo. Un vecino arrojó un cohete y provocó la fuga de los atacantes. Todo quedó grabado por una cámara de seguridad y la víctima envió a TN un dramático relato del momento.

Mariano López Blasco

29 de enero 2024, 05:50hs

Video PlaceholderSilvina, Damián y sus hijos llegaban a su casa cuando fueron interceptados por los delincuentes. (Video y foto: TN / captura de imagen / Google Street View)

Un portón que no llega a cerrarse del todo. Un auto que irrumpe en la oscuridad de la noche. Cuatro ladrones que se bajan y apuntan con sus pistolas a una pareja y a sus dos hijos menores. Gritos, alarmas, amenazas, golpes. El estruendo de un petardo arrojado por un vecino, la huida de los delincuentes. Todo sucede en unos instantes que se hacen eternos, mientras el miedo muerde a las víctimas y la frontera entre la vida y la muerte se vuelve imperceptible.

El hecho ocurrió días atrás en la localidad de San Justo, partido de La Matanza. Y Silvina Carreño (44), que sufrió un intento de entradera junto a su familia en la puerta de su casa, lo contó todo en una carta enviada a TN. Son 17 párrafos de un relato minucioso del pánico, la angustia y la bronca. De lo que se siente cuando la vida se convierte en un carrousel en el que giran las emociones más indeseables. “Invasión” fue el título elegido y, de alguna manera, la palabra que -cree la víctima- mejor retrata el infierno de esos segundos.

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“Nos invaden de repente. Invaden todo: la propiedad, la vida, los derechos. Lo viví así, como una invasión”, resume Silvina en conversación con TN.

El viernes 19, la mujer, su esposo Damián y sus dos hijos de 17 y 10 años volvían de cenar. Cerca de las 23.30 llegaron a su casa, ubicada en Bermejo al 2700, en el barrio San Nicolás. Mientras entraban y terminaban de guardar el auto, fueron sorprendidos por cuatro delincuentes armados.

La secuencia fue grabada por una cámara de seguridad ubicada enfrente de la vivienda, y expone con claridad la violencia del ataque y los gritos aterradores de las víctimas.

En ese momento sonó la alarma vecinal y un vecino arrojó un petardo. La reacción del hombre surtió efecto: asustados ante la sospecha de que alguien había disparado, los ladrones huyeron en el mismo auto en el que habían llegado. Se llevaron dos celulares y golpearon al hijo mayor de Silvina.

Video PlaceholderSilvina, Damián y sus hijos llegaban a su casa cuando fueron interceptados por los delincuentes. (Video y foto: TN / captura de imagen / Google Street View)

Días más tarde, dos crímenes en sendos intentos de robo causaron una gran conmoción: las víctimas fueron Umma Aguilera -la nena de 9 años hija de un custodio de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich- en Villa Centenario (Lomas de Zamora); y María Arias (50) en Castelar (Morón).

“Nosotros, por suerte, podemos contarlo. Uno tiene el alivio de decir que estamos bien, que no pasó nada. Pero cuando ves ese miedo en tus hijos, cuando ves sangre en la cabeza de uno de ellos porque le pegaron un culatazo, ahí está el límite”, retrata Silvina.

“Yo sabía que si gritaba alguien me iba a escuchar”, sigue la mujer, y cuenta lo que vivió al día siguiente, cuando se acercó a la Comisaría de San Justo para reportar el asalto: “Me tuve que pelear con un policía para que me tomara la denuncia. Me decía que la tenía que haber hecho en el momento. Es insólito: te piden requisitos como si estuvieras haciendo un trámite para tu beneficio. En ese momento yo no podía denunciar nada. Después de lo que nos pasó, no quería salir de mi casa y volver a la madrugada”.

Silvina comenta que la decisión de publicar una carta con el relato del ataque surgió de la conjunción de dos situaciones: por un lado, ver que sus comentarios sobre lo sucedido y su reclamo de mayor seguridad en la zona eran eliminados de las redes sociales del Municipio de La Matanza; y por el otro, su propio interés por la escritura, una afición que comenzó a abordar en la pandemia.

“Mis comentarios no tenían ningún tinte político. De hecho, creo que es en estos temas donde no puede haber divisiones entre los argentinos. La inseguridad nos afecta a todos. Pero cuando te borran un comentario en el Instagram de la municipalidad, te preguntás: ¿cómo nos escuchan? ¿Cómo hago para que mi voz llegue a alguien?”, plantea, y continúa: “Ahí dije: ‘voy a escribir esto que lo siento así ahora, porque capaz en un tiempo no lo siento igual. Ahí está todo reflejado: el miedo, el alivio, la solidaridad entre vecinos. Todo”.

“Nosotros, los ciudadanos, somos el Estado. Fijate que donde debería actuar el intendente, el gobernador o el presidente, a mí me salvó un vecino que tiró un petardo”, dice Silvina, y termina: “No me van a encerrar. Son ellos los que tienen que estar encerrados. Eso es lo que quiero transmitir. Tengo derecho a trabajar, a descansar, a estar en mi casa, a que no me lastimen, a vivir sin miedo”.

La cuadra donde ocurrió el robo. (Foto: Google Street View)

La cuadra donde ocurrió el robo. (Foto: Google Street View)

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“Invasión”: un petardo la salvó de una entradera y contó todo en una carta

Estoy cerrando el portón. La noche silenciosa se interrumpe de golpe. Frena un auto en la vereda. Cuatro se bajan y desde los costados me invaden, como si fueran las patas de una araña que vienen contra mí, contra mi familia, dentro de mi casa.

Cierro los ojos y grito. La voz que sale y me descose la garganta. No parece humana, pero sale de lo más profundo. Sale de ese lugar en donde las sombras de mis miedos se arrinconan. Sale de donde se ocultan mis demonios.

Abro los ojos. Cuatro me apuntan. Entran. Quieren todo. No saben qué es todo. Yo tampoco. El minuto se hace eterno con las palmas abiertas y el “esperá, tranquilo” de mi marido que les da el celular, las llaves del auto.

Un vecino acciona la alarma. Mi grito debió despertarlos. Las pistolas nos siguen apuntando. Tiemblo. Mi hijo les da su celular. Ellos le pegan un culatazo.

Suena un estruendo. Se asustan. Se van. Respiro. Está todo bien. La puerta del auto se abre de nuevo y, otra vez, nos apuntan. No, no a todos, solo a mi hijo que sigue parado y quieto. ¿Qué quieren? El auto se va rajando y el tiro no sale. Respiro y agradezco que estamos vivos. Miro a mi hijo. Una línea de sangre le recorre la cara.

No importa lo que buscan. No importa si nos movimos un segundo más lento. No importa si le dimos todo. La verdad es que no hay lógica entre la causa y el efecto, que pueden darnos un tiro porque sí, que pueden entrar a nuestra casa, que pueden lastimar a nuestra familia.

Los vecinos se acercan. “Disculpá, no sabía cómo ayudarte, tenía un petardo y lo tiré”, dice el que me salvó la vida, el que nos salvó la vida. Otra vecina, enfermera, cura la cabeza de mi hijo adolescente. El más chiquito quedará con pesadillas por oír el grito de su mamá. Un grito más aterrador que cualquier película de miedo. Esas películas no se ven en casa. Como papás, creemos que lo mejor para ellos es que no vean esas cosas, pero la realidad que no reflejan las pantallas de la tele puertas adentro, aparecen en la vereda. Aparecen de noche, de día, no tienen horarios y sus actores no son de Hollywood, son de La Matanza.

Quiero seguridad. Hace unos meses le robaron a mi amigo de al lado de casa. Le clavaron un cuchillo en la pierna. Casi muere desangrado. Él cuenta que su causa está archivada, que el fiscal no la mueve. Él quiere justicia.

Quiero seguridad. Hace unos días le robaron a mi primo. Lo hicieron arrodillar con su hijo de seis añitos. Todavía el nene le pide perdón. Dice que tuvo que haber bajado del auto más rápido. “Perdoname, por favor, papi”. No es su culpa. ¿De quién es la culpa?

Escribo en el Instagram de La Matanza. Veo que sus reels tienen pocos comentarios. ¡Qué raro! Me llegan dos “me gusta”, después, silencio. ¡Qué raro!

“Boluda, te borraron los comentarios”, me dice mi prima. ¿Cómo? Vuelvo a escribir. Pasa un segundo y lo vuelven a borrar. El municipio paga sueldos al que se ocupa de limpiar la sangre de su página en la red social, pero nadie limpia la sangre de las calles.

Subo mi comentario eliminado como historia. Con enojo lo comparto entre amigos, vecinos, familia.

Somos más. Las personas de bien somos más. No pueden los delincuentes encerrarnos, no pueden matarnos por un celular ni por ningún motivo. Somos nosotros el Estado, no ellos. No son ellos. Somos más y entre todos podemos.

Me ayudó el que apretó la alarma. Me ayudó el que tiró el cohete, el que nos grabó. La que curó a mi hijo, el que llamó al 911 porque no respondían. Tampoco respondían el teléfono de la comisaría. Me ayudó la que vio mis comentarios eliminados y todos los que hicieron propio mi situación, que es la situación de todos los que vivimos en La Matanza.

Yo soy un granito de arena. Todos somos un granito de arena y todos somos más que ellos. Recuperemos nuestra vida, nuestra libertad. Si el miedo canta una canción dentro de la cabeza, una canción que nunca para, recordemos esta historia.

La noche del 19 de enero del 2024, un petardo le ganó a cuatro pistolas.

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