jueves, 30 mayo, 2024
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El Mono Gatica, una tragedia argentina en el ring, la política y la vida

Ganó plata a manos llenas. Y la gastó de la misma manera. Como si se tratase de un predestinado, su trayectoria profesional, iniciada el 8 de diciembre de 1945 y terminada el 6 de julio de 1956, abarcaría el apogeo y la decadencia del peronismo, al cual adhirió ciegamente, tal como embestía en los rings: a cara descubierta, con menosprecio por los riesgos, con la temeridad de quien ha aprendido a caminar los márgenes de la vida y sufrido las averías de la pobreza y el desprecio

José María Gatica, El Mono o El Tigre, viviría sólo 38 años, pero daría la sensación de haber atravesado una biografía guiada por varios destinos enmascarados. Llegó a Buenos Aires a los 10 años, en un tren de carga con su mamá y su hermana mayor desde Villa Mercedes, San Luis, donde había nacido el 25 de mayo de 1925. En aquel tiempo debió mirar a los demás desde abajo, mientras lustraba zapatos en Plaza Constitución, con la cabeza gacha, y vivía en una casilla de chapa en la periferia de la ciudad, todavía hostil para los migrantes internos.

Casi no pisó la escuela. Su aprendizaje apenas consistía en juntar monedas inclinado sobre su cajoncito, entre pomadas, betunes y franelas, pero a partir de los 20 años, de la mano de sus vertiginosos triunfos en los rings, aprendería rápido a mirar a los demás desde arriba, altivo y desafiante. El éxito le había hecho un falso guiño para que se creyera eterno en esos amaneceres en Chantecler y Tibidabo, cabarets lujosos de aquel tiempo, que lo aceptaban a disgusto entre clientes sofisticados, que apenas soportaban sus insolencias de plebeyo.

En las mesas de Gatica, siempre excesivas, corría el champán sin medida, mientras se rodeaba de compañías genuflexas. Por lo común, amistades de ocasión, y mujeres platinadas, de memoria ligera y hábitos frágiles. Vestía trajes “estilo Divito” (humorista y dibujante que marcó la moda y el costumbrismo argentinos en los años 40 y 50) y fumaba habanos ostentosos, un modo de apropiarse de las rutinas de quienes lo odiaban. Amaba los colores chillones, usaba moño exuberante, a veces galera y bastón, con chaqueta negra orlada de seda, plastrón sujeto con un alfiler de perla y en el ojal una camelia blanca. Con sonrisa burlona y cierto desdén en la mirada, circulaba en autos último modelo, con tapizado símil de piel de leopardo.

El anecdotario de ocurrencias irreverentes que se le atribuyeron guardaba relación con las extravagancias de estilo y modales. Del tipo de “aire, aire que viene Gatica…para hablar con Gatica se pide audiencia…¿usted tiene tarjeta para saber con quién hablo?” Sin embargo, era capaz también de una ternura rebelde, fraguada en la desmesura. Cuentan que, en Córdoba, antes de una pelea, vio en una esquina a una viejita que vendía diarios. Gatica se desprendió del grupo que lo acompañaba, se dirigió a ella, tomó los diarios y se los rompió en la cara ante el estupor de todos. Enseguida, sacó de su billetera siempre encendida cinco billetes de cien pesos, diez veces el valor de esos diarios, y le dijo: “Abuela, hace frío, váyase a dormir temprano…”

Hoy, a 60 años de su muerte, su historia de alabanzas y ruindades debería entenderse como la parábola más acabada de una tragedia nacional, una grieta en el boxeo, la política y la vida, de la cual los argentinos tardarían décadas en reponerse. Llenaba siempre el Luna Park porque concitó un fenómeno que casi nadie pudo repetir. Su público iba a verlo porque lo quería como era: burlón, provocativo y arrogante: El Tigre. Los demás lo iban a ver perder y a manifestarle su desprecio en la cara, por sus gestos con aires simiescos y siempre hostiles: El Mono. Con su gloria “cuesta abajo en la rodada”, casi una melancólica pedagogía tanguera, los habitués del ring side aspiraban no sólo a que perdiera. Querían sentir ese morboso placer adicional de verlo humillado. A tanto había llegado ese encono que el 26 de enero de 1952 el panameño Clarence Sampson, casi desconocido en estas tierras, salvo la derrota de un mes antes frente al mismo Gatica, aprovecharía su mala forma física y lo pondría nocaut, para luego ser llevado por los plateístas en andas hasta su camarín, como un redentor de ciertos deseos vengativos siempre al acecho.

“Mi General, dos potencias se saludan”, le diría Gatica a Perón en el Luna Park.

Tenía 14 años cuando se calzaría por primera vez guantes de boxeo para ver si podía dejar atrás los días de transcurrir amargo. Fue en “Mission to Seamen” (Misión para Hombres de Mar), en San Juan y Paseo Colón, en el Bajo porteño, un refugio por lo común para marineros con apego a las reyertas. Allí también se asistía con desayunos y meriendas a jóvenes desvalidos como el adolescente José María Gatica.

Antonio López Quintana, apodado El Chaucha, dueño de una flota de taxis, lo había visto en peleas callejeras con otros pibes. Lo asombraron su desordenado coraje y sus ímpetus de bravucón para llevarse a todos por delante. Entonces tuvo una corazonada: decidió llevarlo a entrenar entre los marineros. Una noche, el futuro ídolo de las masas peronistas lograría una hazaña inesperada al derribar a El Matador de Liverpool, un gigantesco tripulante del vapor Avila Star. Gatica tenía 15 años menos que el marino noqueado y cobraría 20 centavos por esa pelea. Ya no tenía que inclinarse ante nadie, creyó con exagerado optimismo.

Eva Gatica, ahijada de Perón y Evita, hija del primer matrimonio de Gatica con Emma Fernández, diría alguna vez que “mi padre tuvo pocos amigos, quizá uno de ellos fue El Chaucha”. Sin embargo, en la película de Leonardo Favio (Gatica, el Mono) se muestra la relación entre Gatica y El Rusito Emilio Samuel Palanké, quien lo acompañaría cuando “los amigos del campeón” (que nunca lo fue) ya no estaban. Y lo recordaría así: “Cuando Gatica estuvo en las buenas llegó a regalarme 30 trajes y la misma cantidad de pares de zapatos. Gracias a él conocí los mejores restaurantes de Buenos Aires”, según el testimonio que recogería el periodista y dirigente peronista Víctor Lupo en su libro Historia Política del Deporte argentino/1610-2002.

¿Cómo boxeaba? Félíx Daniel Frascara, destacado periodista de El Gráfico, lo definiría así: “Vigoroso, agresivo, rico en recursos, incontenible e implacable en el ataque, capacitado para reaccionar tras un golpe adverso, entregado de lleno a la ofensiva demoledora… Gatica encarnó como pocos -en su momento como nadie- la figura del peleador dominante …” Para Clarín, “su apodo de Tigre, nunca mejor denominado. Era eso. Un Tigre, con mirada acerada. Fría, penetrante. Que infundía temor en adversarios, con sus movimientos de ferino y con la misma saña que no perdonaba.”

El Mono José María Gatica pelea contra Luis Federico Thompson. Foto: ArchivoEl Mono José María Gatica pelea contra Luis Federico Thompson. Foto: ArchivoEn la cumbre de su carrera, a los 26 años, quiso probar suerte en la meca del boxeo. Quería ser campeón mundial. Y se embarcó en una gran aventura, con Nueva York como destino. Tuvo el apoyo pleno del gobierno de Perón, entonces en su apogeo. Juan Duarte, hermano de Evita y al parecer por indicación de ella, puso todo a su disposición. Su manager y entrenador, Nicolás Preziosa, había negociado dos combates previos a una eventual pelea por el título mundial. Una de ellas sería con el propio campeón, Ike Williams, pero sin la corona en juego. Si ganaba esos dos pleitos, tendría su gran oportunidad de llegar a campeón.

El 8 de octubre de 1950 llegaría a Manhattan. Gatica quiso el mejor hotel de la ciudad. Lo tuvo. Se alojaron en el Waldorf Astoria. La primera prueba fue con Terry Young, un peleador con alguna fama. Gatica lo pondría nocaut en el cuarto round, luego de derribarlo tres veces. Preziosa contaría que, cebado por la victoria, se volvería incontrolable. Se sintió campeón antes de tiempo y su indisciplina desbordó todos los límites.

Su manager debió esconder la llave de la puerta de la suite para evitar que Gatica saliera de cacería nocturna en busca de alcoholes y mujeres: su coctel favorito. El Mono encontraría la solución al encierro. Con prebendas varias al personal del hotel lograría que el turno noche mirara para otro lado, pese a la orden de Preziosa. Veinticinco días antes del combate con Williams, el campeón en la etapa final de su carrera, su manejador estalló y salió a buscar a Gatica por las calles neoyorquinas. No lo encontró. El boxeador volvería a las 6 de la mañana, en estado penoso. Preziosa lo esperaba en el lobby del hotel para romperle el contrato en la cara. Además, pasaría el parte de lo ocurrido a Buenos Aires. Para colmo, Gatica, que no reconocía jerarquías y tenía una menguada noción del respeto, ante un pedido de mesura del cónsul argentino en la ciudad, de apellido Olivari, le descargaría improperios y groserías de todo tipo.

El diplomático había acogido al boxeador como “adjunto a la Embajada argentina”, una manera de financiar de modo encubierto los gastos de la estadía, la mayoría caprichos y berrinches de Gatica. Puesto al tanto del desprecio al cónsul y de la indisciplina deportiva, cuentan que Juan Duarte sería categórico: “Que pague todas sus culpas en el ring”. Preziosa no volvería a hablarle ni asistiría a Gatica en el rincón. Estaba muy enojado, con la certeza de que, debido a su vida licenciosa el Mono desperdiciaba la oportunidad de su vida. Lo conocía muy bien, había acompañado su carrera desde sus primeros combates como amateur. Además. venía siguiendo de cerca las peleas del campeón del mundo, a quien consideraba en el ocaso. No se equivocó. En el pleito siguiente, veinte días después de pulverizar a Gatica en un par de minutos, Williams perdería el título. Luego haría dos combates más, también perdidos, y se retiraría.

Gatica, en acción, en 1946. Foto: ArchivoGatica, en acción, en 1946. Foto: ArchivoEl 5 de enero de 1951, la noche de Reyes, muchos argentinos esperaban que su ídolo les ofrendara el mejor de los regalos posibles: un triunfo resonante que le abriera las puertas del campeonato del mundo, algo que por cierto la administración de Perón ansiaba como gran vidriera de propaganda política. El prestigioso relator Joaquín Carballo Serantes, conocido como Fioravanti, quien transmitió la pelea, diría: “Cuando subieron al ring me di cuenta de que nada podía hacer. Vi sus ojos derrotados…Fue la transmisión más corta y triste de mi vida.”

Apenas comenzado el combate, y después de haber aplacado una ofensiva desordenada de Gatica, el campeón aprovecharía otra de esas clásicas y ciegas embestidas para meter una mano en contra que estalló en la mandíbula del argentino y lo llevaría directo al suelo. Nunca se recuperaría. Dos golpes más lo derribarían otras dos veces y todo terminaría ahí mismo: nocaut en el primer round. En los vestuarios, con cara de chico culposo y en actitud penitente, Gatica buscaría consuelo en su viejo maestro: “Me agarró frio…”, diría. “Te hubieses puesto una frazada”, lo cruzaría Preziosa.

Fioravanti, que regresó con Gatica en el mismo avión a Buenos Aires, contaría que no quiso hablar de la pelea y que parecía no sentir culpas por su poco rigor profesional. En el vuelo pagaría con 5 dólares una Coca Cola que costaba 10 centavos y dejaría el vuelto a la azafata. Al bajar en Ezeiza, sorprendería a todos: con enormes anteojos negros y una sonrisa burlesca, se dejaría fotografiar junto al relator que trajo con su voz la desilusión del temprano nocaut. Quizá Gatica haya pensado más con el bolsillo que con su orgullo. Le habían pagado una bolsa de US$ 2.500, que con los derechos de TV en Nueva York y de transmisión radial para Argentina ascenderían a US$ 6.000. Algo más de 100.000 pesos moneda nacional, como para haber vivido un buen tiempo sin problemas.

En el plano doméstico, su rivalidad con Alfredo Prada alcanzó dimensiones épicas. Fue un clásico furioso, sin tregua ni clemencias, que arrastraría a los seguidores de uno y otro. Combatirían seis veces, dos como amateurs, con un triunfo para cada uno, y cuatro como profesionales, entre 1946 y 1953. Dos triunfos para cada uno. Los de Gatica serían sólo por puntos. Prada, en cambio, una vez le causaría una doble fractura del maxilar inferior, a raíz de un golpe que pondría a Gatica en el piso en el primer round y lo obligaría a dejar la lucha en el comienzo del sexto. “Me duele la muela”, le diría a Preziosa en los descansos. La otra, directamente, lo pondría nocaut en la sexta vuelta.

José María Gatica recibe un duro castigo de Alfredo Prada, su clásico rival. Foto: ArchivoJosé María Gatica recibe un duro castigo de Alfredo Prada, su clásico rival. Foto: ArchivoEl Luna Park reventaba cuando los gladiadores se enfrentaban. Era casi imposible moverse en las veredas de Corrientes y Bouchard desde una hora antes. El Mono lo atribuía sólo a él: “Se nota que hoy pelea Gatica.” Libraron guerras de campana a campana. Siempre dieron espectáculo y siempre dividieron aguas: la popular con Gatica, el ring side con Prada. En el último pleito, 16 de septiembre de 1953, cada uno se llevó una bolsa de $ 122.218,47. Con el dólar a $ 22.75, algo así como US$ 5.400. Una fortuna para entonces. Prada diría en un reportaje televisivo que con ese dinero entonces “se podían comprar cinco. seis casas”.

Cuenta la leyenda que la rivalidad fue tan enconada que alguna vez llegaron a seguirla fuera del ring y sin testigos. Gatica se asumía como el peronista de ambos, pero la verdad histórica es que Prada también lo era y diría sobre la pareja presidencial: “Evita lo quería más a Gatica, pero el General me prefería a mí. Después de cada pelea me llamaba para felicitarme”. Lejos del pasado deportivo, con Gatica en la ruina, prohibido por el revanchismo de la Libertadora y rengo luego de una parodia de catch con Martín Karadagian en la cancha de Boca, Prada conseguiría que Oscar Alende, gobernador bonaerense, le gestionara un empleo a él y a su tercera y última esposa, Rita Armellino, quien lo conoció pobre y perseguido y tendrían con él dos hijas. No fue la única mano que le tendería Prada. También supo emplearlo en su Cantina KO/Prada-Gatica, en Paraná y Sarmiento, en el Centro porteño. Recibía a los comensales, firmaba autógrafos, contaba anécdotas. Cada tanto provocaba un tumulto. Estaba en su naturaleza

La vida, finalmente, había vencido al Mono y la política lo había crucificado. Paradoja de una existencia a contramano: su último rival se llamaba Jesús, de apellido Andreoli, a quien le ganaría por nocaut en el cuarto round el 6 de julio de 1956, en Lomas Park de Lomas de Zamora. La Policía lo esperaba al finalizar para ponerlo preso. Le habían sacado la licencia de boxeador profesional y no podía subir al ring. Estaba prohibido. Como el peronismo. Otra vez. Gatica no era nadie. Como aquel lustrabotas de tres décadas atrás.

Tuvo rivales a sus pies, a los que burlaba sin misericordia a la vista de todos, pero terminaría siendo un arlequín triste y fatigado para regocijo de unos y pesares de muchos otros. El 10 de noviembre de 1963 sus días ya eran un calvario. Cargaba una cruz rumbo al martirio final. A la hora del crepúsculo sería arrollado por un colectivo, el interno 27 de la línea 295, al que no había podido subirse luego de perder el equilibrio. Ocurrió en el cruce de las calles Herrera y Luján, a pocas cuadras del Puente Barracas. Al parecer, había terminado de vender muñequitos de “diablitos rojos” en la cancha de Independiente, una tarde en la que el equipo local, el club de sus amores, vencería 2-1 a River, rumbo al campeonato que festejaría poco después.

El Mono Gatica. Foto: ArchivoEl Mono Gatica. Foto: ArchivoLo trasladaron al Hospital Rawson. Según el parte médico, presentaba “fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fractura de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra.” Allí agonizaría dos días. Lo visitaban su madre, su hija mayor, la última esposa y unos pocos amigos del boxeo, entre ellos Nicoláss Preziosa, aquel de la noche negra en Nueva York ante el campeón del mundo.

Cuentan que invocaría a su madre entre los balbuceos de la muerte próxima. El día del accidente dos fotógrafos de la revista El Gráfico se cruzaron con él. Le tuvieron piedad. En los pasillos de una de las tribunas, Ricardo Alfieri, leyenda de las cámaras, le pidió que se pusiera con la gente y las banderas detrás. Gatica meneó la cabeza, como negándose, se acercó al fotógrafo y le suplicaría: “Dale…no me saques así”. Reforzaría el “así” mostrando la solapa raída de su saco. Alfieri no gatilló. Antes, en las afueras había sido visto por Norberto González, otro fotógrafo de la revista. Gatica tomaba vino barato en un bar lúgubre de los alrededores del estadio. “Iba a sacar la foto, pero no pude…lo vi tan perdido, tan triste, tan solo, que no me animé… ¿Para qué esa foto, pensé?”

En revista El Gráfico, en una nota titulada Del betún a la galera, la celebrada pluma del periodista Osvaldo Ardizzone así lo recordaría: “Fue una vida con pinceladas fuertes. Una biografía que comienza en la historia negra de un cajón de lustrabotas, de un chiquilín muy sucio que aprisiona entre sus manos oscuras por el betún el brillo de una chirola… La vida puso en sus puños la fuerza para ganar. Para llenar los bolsillos con mucho dinero. Con miles de billetes grandes, con los que nunca había soñado. Y los ganó golpeando… Pegar. Pegar. Vencer. Su boxeo era un destino. Una revancha.” En su necrológica, Clarín diría: “De José María Gatica, sólo el pugilista. Del hombre en su hombradía poco. Porque tiene más de mala historia que de buena novela…Fue un grande del ring, ¡qué duda cabe! Tenía ‘ángel’. Ese duende de la chispa sagrada. Que sólo enciende a los elegidos. Llenó una época. Mejor; ¡el Mono Gatica fue toda una época!”.

Caería bajo las ruedas de un colectivo luego de vender muñequitos al salir de la cancha.

Peleó 95 veces. Ganó 85 (72 antes del límite), perdió 7 (cuatro por nocaut), empató 12 y tuvo una sin decisión. Crónicas de la época recordarían que había cobrado alrededor de $ 60.000 por cada pelea, promedio, en tiempo en los cuales los ingresos de una familia tipo, considerando el ciclo de diez años de su carrera, oscilaban los $ 300 mensuales. Hubo también quienes calcularon que su fortuna había ascendido a los US$ 500.000. Eran las épocas en las que Perón preguntaba a la multitud desde el balcón “¿Alguno de ustedes vio una vez un dólar?”. La cotización de la divisa oscilaría en la década en que ambos brillaron entre los $ 4 en 1945 y los $ 30 en los meses finales de 1955. Hay que tener en cuenta que sólo en el Luna Park Gatica cobraría en toda su carrera 1.402.981,34 pesos. A esto hay que sumarle los combates en el interior donde los estadios reventaban cada vez que peleaba. Y la excursión a Estados Unidos (Terry Young y Ike Williams) que le significó algo más de US$ 11.000 dólares, con la cotización de enero de 1951 a $ 16,85 por dólar.

Esa montaña de dinero se esfumaría en noches largas y días de gloria breve. Nada le quedaba en las horas sin retorno del crepúsculo de su vida. Cuentan que al morir en la casilla donde vivía conservaba un moño rojo, una galera de felpa y ese pantalón enorme, que le llegaba casi al pecho: los últimos fetiches de un sueño estrellado. La crónica de un matutino diría sobre la noche de su muerte que “un traje azul marino y un pañuelito blanco…Eso, en manos de una enfermera del Rawson que buscaba a un familiar para entregarlo”.

La misma mañana en que sus días se apagarían para siempre, una radio uruguaya informó que se necesitaban dadores de sangre para el ídolo roto con su alma quebrada. Centenares de personas se amontonaron en los portones del Rawson para donarle un soplo de vida, pero la muerte se lo llevaría al anochecer del 12 de noviembre. A las 21.15 su cuerpo sería depositado en la morgue del hospital, a la espera del último viaje de ese hombre amado y odiado quizá tanto como él veneró y otros denostaron a Perón, a quien una vez sorprendería en el Luna Park, a punto de subir al ring, con una frase de leyenda; “¡Mi General, dos potencias se saludan!” Y terminaría proscripto como él, con la licencia cancelada, un destierro simbólico. En sus épocas de gloria subía al ring con una bata que, en su espalda, en letras enormes, para que nadie dejara de verlas, decía: “Perón y Evita”. A Gatica sólo lo sostendrían los recuerdos, los hábitos del encono y el vino de náusea que a veces le negaban en bares sombríos en Barracas y Avellaneda.

Una multitud despidió sus restos: el cortejo tardaría casi siete horas en recorrer 12 kilómetros, entre la Federación Argentina de Box, en Castro Barros 75, en el barrio porteño de Almagro, donde fue velado, hasta el Cementerio de Avellaneda. Vecinos de la zona saldrían de sus casas para rendirle apenado tributo a su paso. El cortejo se detendría 15 minutos en el estadio de Independiente, el club de los amores del cual Gatica era además socio. Hubo algunos incidentes porque, de a ratos, la caravana fúnebre se había transformado en un desafío peronista, mezclado con gritos de recuerdo al Mono. Esa vez no peleaba él: se peleaban por él. Todo un friso de época de enconos fratricidas.

Al anochecer, algunas antorchas rodearon el féretro, que. con las estrofas de la Marcha Peronista de fondo, sería entrado a la capilla de la necrópolis. El sacerdote Nicolás Kulinski lo bendijo a las apuradas, temeroso de que aquello terminara en una gresca política, vista la cercana presencia policial. Una corona de flores desafiaba desde una mortaja: “Juan Perón” decía, aunque su origen fuera dudoso. El hombre que había dividido aguas como pocos ídolos del deporte sería depositado en el nicho 44 de la sección 32 del Cementerio de Avellaneda. Ahora sí, estaba como muchos habían soñado verlo. Quieto, inerme, frío. Muerto. La última cuenta de 10. Nocaut para siempre.

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