lunes, 15 julio, 2024
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La diferencia entre saber y sentirlo en la piel

Pocos días atrás fui a la Hemeroteca del Congreso con mi hijo, Julián. Quería ver los diarios del 4 de octubre de 1947. Un día antes, el 3, había habido un accidente en el que murió mi abuela. Encontramos la noticia, en la página 10 de Clarín. Me enviaron por mail -servicio impecable- el texto microfilmado. Leí: “El suceso tuvo lugar en la esquina de las calles Tres Arroyos y Trelles a raíz de la violenta embestida que sufrió un colectivo de parte de un camión”. Y daba, luego -y con un error de tipeo- la identidad de la persona que había fallecido. Mi abuela.

Esto pasó hace más de 75 años y sin embargo necesité buscar esa noticia para aprehender un evento que, mucho antes de mi nacimiento, había marcado la historia familiar. Mi abuela era una ausencia presente: su rostro estuvo siempre en la mesita de luz de mi mamá, en la foto oficial con su vestido de novia antes de la ceremonia (su imagen acompañaba desde una mesita lateral) y su historia de vida, que me parecía atrapante, nos atravesaba. Nacida en la Argentina de una de las primeras familias judías que llegaron al país desde la Rusia zarista había estudiado Odontología en Córdoba cuando era una extrañeza encontrar a una mujer cursando esa carrera que se dictaba, aún, en la Facultad de Medicina.

Lo que más me asombraba es que luego de casarse con mi abuelo -también dentista, se conocieron en la Universidad- ella trabajó poco. Parece que a él no le gustaba que ella lo hiciera en forma independiente y entonces ejerció como odontóloga escolar -las profesionales que revisaban los dientes en las escuelas-. Un trabajo acorde a su sexo. Dice la historia familiar que se llevaban muy bien – de hecho mi abuelo nunca volvió a casarse- por lo que ambos habrán asumido como fait accompli el prejuicio de época, intuyo.

Todo este pasado no se compara con las huellas emocionales del accidente. Creo que en mi madre germinó la idea de que lo peligroso siempre estaba cerca. No era volitivo, era simplemente. Una vez se permitió soñar en voz alta e intuyó cuánto le hubiera gustado a mi abuela disfrutar de sus nietos. Le creí, claro, pero me costó sentirlo en la piel.

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