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Lionel Scaloni ya salió Campeón del Mundo

Lionel Scaloni ya salió Campeón del Mundo. No, no se equivoque. No estoy haciendo futurología, ni dando una fake news para conseguir clics sino apenas, dando mi opinión.

Porque para este cronista, el técnico de la selección mayor de fútbol masculino ya es un campeón del mundo, no en los fríos números de las tablas de posiciones del Mundial de Qatar 2022, sino en un “campeonato” mucho más difícil, imprevisible y valioso: en la vida.

El tipo apareció casi de la nada. Había quedado en el cuerpo técnico nacional de Jorge Sampaoli, aquel muchacho que escuchaba las conferencias de prensa de Marcelo Bielsa para aprender de fútbol y al que la justa crueldad de Claudio Borghi había definido como “chancho arriba de un árbol, porque nadie sabía cómo había llegado tan alto”.

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Casi que tuvimos que googlear para acordarnos quién era Scaloni cuando lo “dejaron” al mando de la selección de manera interina. Porque está claro que su nombramiento no fue una elección sino que le quitaron a los que estaban por encima de él. No faltó quien señalara que no tenía códigos, que debía irse, por solidaridad con Sampaoli. Si hasta Diego Armando Maradona, que me arriesgo a decir, estaría orgulloso de esta selección y de su entrenador, lo había mandado a dirigir un mundial de motociclismo…

Pero Scaloni, calladito, aceptó el interinato, se puso a trabajar, y empezó a conseguir resultados positivos a través del buen juego de la selección argentina. Metió un honroso tercer puesto en la Copa América del 2019, que después de tantas decepciones, no era poco. Ya se había ganado la confianza de los jugadores, y ese fue el mayor mérito que le reconocieron Claudio Chiqui Tapia, presidente de la AFA, y César Luis Menotti, director de selecciones, para ratificarlo en el cargo, ya no como interino, sino como director técnico oficial.

Con la confianza de los jugadores, con la valentía de haber renovado el plantel de la selección nacional y de correr a algunos señalados como integrantes del “club de amigos”, (manera despectiva de llamar al grupo de jugadores más cercanos a Lionel Messi), Scaloni fue aceitando el funcionamiento futbolístico de la selección y logró resultados que parecían imposibles.

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Primero, la Copa América de 2021, en la que la Argentina volvió a gritar “Campeón” tras 28 años en el Maracaná. Después, una “finalissima” ante el Campeón de Europa, Italia, paradójicamente eliminado del mundial, pero una potencia futbolística histórica, en Wembley, otro templo sagrado del fútbol mundial. Y también logró colgarse una medalla que sólo sirve para las estadísticas, pero no para ganar partidos: el invicto de 36 encuentros que es el máximo período sin derrotas de la albiceleste en su riquísima historia.

Eso sí, está claro que NADA de todo esto sirvió para ganarle a Arabia Saudita y a México en el Mundial de Qatar.

Claro, algo nos pasa a los argentinos, que podemos armar cualquier cosa con dos palitos y un alambre, pero con las fáciles nos mancamos. ¿Qué pasó para que el Grupo C del Mundial 2022, que para todo el mundillo futbolero internacional era “accesible” para la selección argentina, de golpe se haya convertido en el grupo de la muerte? Que si el tiro libre de Alexis Vega, a los 44 del primer tiempo que se colaba en el ángulo y Emiliano Dibu Martínez (uno de los tantos aciertos de Scaloni) atenazó con las manos como si fuera facilísimo se colaba, la selección argentina quizá estaban armando las valijas con una eliminación durísima de un mundial de fútbol como nunca había pasado.

El hermano de Scaloni y el personaje de Roberto Fontanarrosa

A este cronista le hubiera gustado tener la actitud de Mauro Scaloni. El hermano del técnico, dos años mayor que el entrenador argentino decidió irse al campo para no escuchar nada, como aquel “viejo Casale” del cuento de Roberto Fontanarrosa, llamado “19 de diciembre de 1971”. Pero este cronista es curioso por vocación y por suerte no es gato, porque habría muerto mil veces.

No es de valiente, ¿eh? Es de curioso. Nunca cierro los ojos en un penal, como muchos plateístas, ni miro para otro lado en un tiro libre en contra. Por eso, y por la responsabilidad laboral, este sábado me planté con toda mi angustia, mi dolor de cabeza desde que me había levantado, mi desesperación por ver ganar a la selección que tanto me gusta y me representa ideológica y futbolísticamente (y que además es la mía).

Vi a la selección de Scaloni enredada en los mismos nervios que tenía yo, a más de 13 mil kilómetros. La derrota ante Arabia Saudita pesaba en cada corazón de los jugadores argentinos, que no lograban hacer pie en la maraña defensiva que les había planteado otro argentino, Gerardo Martino, que cuando tuvo la chance de dirigir a nuestra selección, no pudo ni supo estar a la altura, a pesar de su experiencia, su trayectoria y su labia, aparentemente, muy por encima de Scaloni.

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Y cuando todo era sufrimiento, fantasmas del 2002, angustia y desesperación, el entrenador argentina, que había metido cinco cambios entre el primer y el segundo partido, metió otros cinco cambios, distintos, durante el segundo tiempo contra México. Y sacó a Di María que estaba jugando bien, pero dejó en cancha a Rodrigo de Paul, que se había equivocado mucho. Con serenidad, pensando en lo que estábamos viendo todos, pero viendo más allá. Y ganó el partido, claro. A esta altura no hay argentino que no lo sepa.

Pero el Campeonato Mundial lo ganó después. Porque así como Hervé Renard y sus dirigidos en la selección de Arabia Saudita nos dio dos lecciones de fútbol en cada tiempo del partido, como me dijo Edgardo Martolio, que es un sabio, Scaloni nos dejó una enseñanza que ojalá aprendamos muchos argentinos. “Me llamó mi hermano, diciéndome que no lo había visto, que se fue al campo… Son cosas que tenemos que empezar a corregir, es sólo un partido de fútbol…”, definió el entrenador cuando todavía no nos habían bajado de la garganta ni el alma ni el corazón a ningún futbolero argentino.

“La sensación de que nos estamos jugando más que un partido de fútbol no la comparto. Hay que hacer que todos sientan eso, que estamos jugando un partido de fútbol, sino nos va a pasar esto cada vez que la Selección juegue una partido eliminatorio”, nos enseñó. “Mañana sale el sol igual”, le quitó dramatismo el entrenador argentino. “Obviamente que festejé, la sensación que tengo es de alegría, pero no más que eso. Hay que tener un equilibrio cuando se gana y se pierde”, sentenció.

Ya que no entendemos de historia, de economía ni de política, al menos aprendamos del fútbol

Claro, me dirán que puedo decir esto con el resultado puesto. Que si perdíamos íbamos a pedir su cabeza, la del que lo trajo, la del que lo sostuvo, la del Presidente de la Nación, y la del FMI que tan contento está con los deberes que hace la Argentina en materia económica.

Pero Scaloni entendió todo. Desde corregir un partido de fútbol que se estaba complicando (iba a poner “emputeciendo” pero no el lenguaje tribunero no corresponde en una nota periodística, sabrán disculparme) en medio de la locura como bajar la euforia desatada después, para recordarnos a quienes no lo entendemos (su hermano, yo y varios millones de argentinos más) que se trata de un juego, que es un partido, que es una fiesta aunque no ganemos, aunque nos volvamos en primera ronda, aunque nos manquemos en octavos…

Ojalá tantos otros dirigentes con responsabilidades como Scaloni tengan su claridad mental para tomar decisiones mientras uno de sus principales colaboradores, el adorado Pablo Aimar, pierde el control como un hincha más y se ponga a llorar con el gol de Messi que abrió el duelo con México. Ojalá otros dirigentes puedan emocionarse como él por resolver un conflicto y tener la seguridad y la serenidad necesaria para enfrentar el que sigue.

Porque en esta Argentina, hay un millón de problemas por resolver. Aprendamos de Scaloni. De su calma y de su templanza para tomar las decisiones que hagan falta. Así, capaz que no salimos campeones del mundo (de la vida) como salió él. Pero seguramente vamos a dejar de perder todos los partidos por goleada.

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