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Serena Williams, o una gran campeona que dio una lección de humildad en Wimbledon

Finalmente hay que referirse a Serena Williams por su historia tan particular. Por sus orígenes. Por cómo empezó ese sueño de convertirse en tenista profesional que se pudo ver y hasta conocer un poquito más en la película (“Rey Richard”) sobre su padre y sobre su historia.

Siempre se habló de Serena Williams por su físico, por su potencia, por su temple, por su espíritu guerrero, por su convicción. Y eso la llevó, en algunos casos, a no ser un buen ejemplo a la hora de no lograr los objetivos o de no reconocer los aciertos del adversario cuando no pudo lograr la meta de triunfar en un partido o de obtener un título más. Pero es inevitable asociar el nombre de Serena Williams con los récords, con los 23 Grand Slams, con los reconocimientos que trascienden una cancha de tenis y el tenis mismo. Que van más allá y que la convirtieron durante muchísimos años en una de las atletas más influyentes y más importantes en la historia del deporte.

Con su actuación en Wimbledon del martes y con su derrota frente a una jugadora modesta como Harmony Tan, Serena permitió ver una faceta de su persona que muchas veces estuvo en duda. Esa faceta es la de su humildad.

La hora del adiós en una primera ronda de un Grand Slam. Foto: AFP

Ella nunca fue a un Grand Slam o a un torneo cualquiera simplemente para participar; siempre llegó, a diferencia de muchos, con la única misión de alzarse con el título. Esa fue su única opción a lo largo de muchísimos años. Por eso para comprender su éxito de tantos logros hay que meterse un poquito también en esa mentalidad necesaria para superar tantas dificultades, muchas veces para pelear contra el que está del otro lado de la red, pero muchas otras para pelear contra uno mismo en las limitaciones, en la superación, en las soluciones de los problemas, en la impotencia cuando las cosas no funcionan.

Serena Williams siempre fue un sinónimo del atleta que tiene como único objetivo triunfar. Y se habló muchas veces, y se cuestionó, su actitud frente a la derrota. Su manera de declarar. Sus palabras muchas veces dieron un claro reflejo de que el éxito, el triunfar, es una cuestión de identidad. Es el todo o la nada.

Una campeona de rodillas. Foto: AFP

Cuando ella decidió jugar Wimbledon fue muy fácil presagiar que mucho había empezado a cambiar en Serena Williams. Porque claramente no decidió participar para ganar el título sino que lo hizo para desafiarse. Para salir de la comodidad y someterse al enorme desafío de probarse, de ver qué tan capaz es de solucionar los problemas. Se sabía que tendría adversidades y que el riesgo de perder en la primera ronda, fuese contra quien fuese, estaba más presente y más vivo que nunca. De hecho, la realidad demostró que no pudo pasar ese primer obstáculo, una rival que tal vez en otra ocasión le hubiese durado cuestión de minutos; y ella estuvo tres horas y diez minutos batallando contra ella misma. Batallando con la Williams de hoy contra la Williams que fue ayer. Y eso es lo que deja y demuestra. Ayer fue la gran campeona y hoy se puso en un lugar donde pudo quedar expuesta su vulnerabilidad. Aquel ayer contra este hoy.

Aquellas molestas comparaciones a las que a un atleta se lo lleva constantemente con la versión de lo que fue y se le cuestiona por qué sigue están a pleno por estas horas. Ella sigue porque ama su deporte. Sigue porque le apasionan los desafíos. Convenció a todos que definitivamente es una gran campeona. Porque, como suele ocurrir, a la larga la historia pesa. Cuando se mira para atrás esa admiración, esa construcción de ese gran campeón, no está marcada únicamente por los grandes logros. Es también por todo lo que superó. Por sobre todo la derrota de Serena Williams la enaltece y la deja en un lugar mucho más alto del que ocupaba antes de entrar a la cancha central de Wimbledon.

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