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Barbijo en la calle: del trauma de usarlo a la dificultad de dejarlo

El uso del barbijo se implementó como una medida preventiva frente al coronavirus en abril de 2020. Llegó a ser obligatorio en 15 provincias. Pero su adopción como ritual antes de cada salida tardó en asentarse. Al principio, no resultaba extraño salir, caminar unos metros y volver corriendo a buscarlo. El paisaje de caras semitapadas o alguna mirada condenatoria daban pauta de la falta.

Con el correr de los meses (y la propagación del virus), la situación cambió y este elemento sanitario se volvió tan indispensable como las llaves o la tarjeta SUBE.

De a poco –y no sin dificultad–, la calle dejó de ser percibida como un escenario distópico, donde “Los amantes” –como aquellos retratados por René Magritte– iban tomados de las manos, previamente rociadas con alcohol.

Pero los tapabocas, el distanciamiento y la separación de los seres queridos impactaron psicológica y emocionalmente sobre una población que debió permanecer en su casa durante meses.

El “Día de la Primavera” de 2021, en el Rosedal de Palermo. La mayoría de los jóvenes llevan barbijos. Foto Guillermo Rodríguez Adami

El anuncio del relajamiento de las medidas sanitarias en distintos lugares del país fue recibido con alivio por algunos. Otros, en cambio, prefirieron prolongar el uso de mascarillas. Si incorporarlas representó un trauma, dejarlas resulta complejo en un escenario de incertidumbre.

Clarín conversó con psicólogos e investigadoras sociales para abordar el “antes y después” de los barbijos.

Qué ves cuando me ves

Las expresiones codifican alegría, placer, displacer, dolor, y todo esto tiene que ver con nuestra constitución psíquica. En ese sentido, el barbijo aparece como una interferencia en la relación entre las personas“, dice Guillermo Bruschstein, psicoanalista y psiquiatra, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Una pareja en el aeropuerto de Frankfurt, en agosto de 2020. Foto AP.

“La formación de nuestras emociones, la empatía y la construcción de la personalidad tienen que ver con la gestualidad”, continúa.

Bruschstein, que además es integrante de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA) y full member de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), explica que el barbijo fue incorporado repentinamente, junto a un sentimiento generalizado de riesgo. A partir de la llegada del Covid, el prójimo comenzó a considerarse peligroso, un vector de contagio.

Pero también refiere a una suerte de transición o doble sentido, donde la cara tapada pasó de ser una expresión de amenaza a un signo de cuidado propio y ajeno.

De acuerdo con el psicoanalista, las implicancias de la adopción de estos dispositivos fueron amplias. Las costumbres de la vida cotidiana se trastocaron. Por ejemplo, antes no se podía entrar a un banco –donde era precisa la identificación– con el rostro cubierto.

El barbijo: símbolo de la indefensión frente a la naturaleza, según los especialistas. Foto Shutterstock.

“Además, el barbijo pone en evidencia la indefensión frente a la naturaleza. El planeta ya no es entendido como un lugar seguro”, agrega Bruschstein. En cuanto a las relaciones interpersonales, “antes, no dar un beso podía ser leído como un gesto de desprecio. Ahora es al revés”.

¿Va a ser sencillo adecuarse al abandono –al menos momentáneo– del tapaboca? “Es una discusión abierta. Como toda tendencia social, habrá que respetar las individualidades. Al no existir la obligatoriedad, va a entrar en juego libertad personal, en un marco de aceptación. Es como elegir salir abrigado o desabrigado”, remata.

Caras y caretas

El psicoanalista Jorge E. Catelli, profesor, investigador de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y miembro titular en la Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina estima: “Cuando fue tomado como recurso de protección, el barbijo pudo ser adoptado con mayor facilidad”.

El experto cuenta que los sucesos disruptivos, como las guerras, los accidentes o –en este caso– una pandemia no tienen el mismo efecto sobre todos los sujetos. El efecto traumático se agrava en las personas que no cuentan con las suficientes herramientas defensivas o adaptativas para lidiar con la sobrecarga psíquica.

Algunas personas comienzan a relegar el uso de barbijo en la vía pública (medida que rige a nivel nacional partir del 1° de octubre). Foto Luciano Thieberger

La pandemia representó un gran desafío a nivel social: la incorporación de una dimensión colectiva del cuidado. “El uso de barbijo representó este tipo de elaboraciones psicológicas”.

¿Qué significó para los vínculos la incapacidad de gesticular con la mitad de la cara? Catelli detalla que los seres humanos contamos con un sistema simbólico que organiza lo psíquico. Los movimientos de la boca se terminan de reconstruir a partir de los gestos de los ojos, las cejas, las muecas, aunque uno no vea la sonrisa.

“El rostro del otro, desde el nacimiento, nos constituye como sujetos: allí nos reconocemos como humanos”, profundiza el psicoanalista.

En otras palabras, este sistema simbólico organiza variables como la perspectiva y la percepción; reconstruye y completa. Para aquellas personas que carecían de facilidades para captar la intencionalidad ajena, enfrentarse a los barbijos pudo tener un efecto perturbador.

Con y sin barbijo. Después de los anuncios (que se efectivizarán en octubre), hay personas que deciden continuar con el uso de barbijo y otras que no. Foto Luciano Thieberger

No imagina que la transición hacia una sociedad “a cara descubierta” sea dificultosa, ya que la gente, en general, busca desprenderse de los elementos artificiales que frenan la comunicación.

“Hay gente que se niega a hacerlo porque está asustada, por supuesto. En ese caso, se trata de una circunstancia que atravesó la psicología social y cala en la situación individual“, concluye.

Cambia, todo cambia

Laura Zambrini es socióloga, investigadora del Conicet y enseña en la carrera de Diseño de Indumentaria y Textil de la UBA. Aporta un dato interesantísimo: “Ni la cuarentena, ni el barbijo son novedades. Quizá sí para nosotros, que no habíamos vivido una pandemia de esta magnitud. En el pasado, sin embargo, se vivió esta situación más veces de las que creemos. Los tiempos de las personas no son los tiempos de la Historia“.

Un grupo de manifestantes californianos, durante la pandemia de gripe española en 1918, que llevan barbijos. Una de ellas tiene un cartel colgado del cuello: “Usá máscara, o andá a la cárcel”. Foto Archivo

La rapidez de la expansión del virus, obligó a la humanidad a recurrir a este antiguo elemento. “Con la utilización del barbijo, se ponen en juego cuestiones culturales. En Argentina, por ejemplo, siempre tuvimos la costumbre de relacionarnos muy afectivamente, de compartir abrazos, mates. Todo eso se vio cuestionado”, analiza Zambrini.

La intelectual considera que, a medida que la vacunación avance y las estadísticas de contagio bajen, la sociedad podrá gradualmente deshacerse del barbijo, reabsorber el cambio y que este quede “asociado a un contexto al que no se quiera volver”.

“El barbijo fue un elemento de emergencia necesario, pero es incómodo, antinatural e interfiere con cuestiones sociales y antropológicas de reconocimiento de la otra persona. Se dan ciertas paradojas, porque, a la vez, nos acostumbramos a él como un elemento de seguridad”, señala.

“Mantengan las ventanas de sus cuartos abiertas. Prevengan la influenza, la neumonía y la tuberculosis”. Un cartel de la Liga Anti-Tuberculosis, pegado en el transporte público (1918 – 1920). Foto Archivo

¿Cómo va a ser recordada la época de las sonrisas vedadas? “Algo que suele suceder a nivel sociológico, cuando se atraviesan grandes crisis, guerras o, en este caso, una pandemia, la reacción posterior tiende a la negación y a actos que alejen, en cierta manera, esos momentos traumáticos. Después de a la Segunda Guerra Mundial, aumentaron las tasas de natalidad y se dio el baby boom. Tras de las debacles económicas, suelen imponerse modas alejadas de la austeridad”, ejemplifica.

El barbijo –arriesga– no va a gozar de mucha vida útil a futuro: “A medida que la pandemia se supere, va a quedar como un recuerdo“.

Zambrini se dedica a estudiar la moda, que interpreta como una “segunda piel cultural, que llevamos sobre nuestros cuerpos”. Lejos de ser un fenómeno estético, esta dialoga con la historia, con factores económicos y políticos. La relación entre la moda y los barbijos es otro campo interesante para explorar.

Boquitas pintadas: barbijos y moda

Bárbara Guerschman es antropóloga social, especialista en moda y consumo. Realiza una primera aclaración: la pandemia implicó un cimbronazo para la industria de la moda. 

Los barbijos pasaron de estar relacionados con la enfermedad a convertirse en un accesorio de moda. Foto gentileza Flor Tellado.

Las marcas –emprendimientos y grandes marcas– tuvieron que encontrar la vuelta. “Una forma fue convertir al barbijo –una prenda originalmente sanitaria y funcional– en una prenda de moda“, plantea la estudiosa, que llama al barbijo un “adorno significante”.

Esto no se trata de una banalidad. “Una forma de las y los consumidores de escapar al miedo constante del contagio, y hasta de la muerte, fue convertir este temor y este imperativo social en algo estético, decorativo”, amplía.

Los tapabocas llegaron a las pasarelas. Guerschman es categórica: “Una de las cuestiones fascinantes de la moda es cómo convierte objetos étnicos, contestatarios -por ejemplo, el estilo punk-, tribales y, en este caso, de salud, en objetos de moda. La moda es justamente esto: crear nuevos significados“.

Tapabocas con modelos distintos.

Entre la imitación y la diferenciación, hay una expresión de identidad. Mientras el maquillaje y la gestualidad perdían lugar en el espacio público, la selección de determinados colores y diseños de barbijos, pudieron ser una forma de mostrar la impronta personal.

Puertas adentro, la vestimenta social abrió lugar a la “moda confortable”, sobre todo en el 2020. Para Guerschman, esto se va a terminar eventualmente.

A la vez, introduce otro factor: la incorporación del barbijo no impactó por igual en Occidente que en Oriente. “El barbijo tapa la mitad de nuestra cara, pero deja ver nuestros ojos. En otras culturas, donde se utilizan prendas como el chador o la burka, las mujeres resaltan sus ojos”.

Entre pantallas y barbijos: una sociedad mediatizada

Julieta Rucq y Victoria Nannini son docentes e investigadoras en la Escuela de Comunicación Social de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, en la Universidad de Rosario. Son coautoras del artículo “El barbijo es el mensaje”.

“En Occidente, donde hay un anclaje en el rostro y los gestos, el barbijo trastocó considerablemente la forma de relacionarse”, esbozan.

Y continúan: “Las poblaciones orientales de China y Japón, pioneras en el uso de este elemento hace más de diez años, demostraron que su uso, además de responder a la demanda externa y la excesiva preocupación por la higiene, se ha convertido en una práctica social integrada”.

Una pareja en China, en febrero de 2020, festejando el Día de los Enamorados. Ambos llevan mascarillas y se cubren de la lluvia, abrazados. Foto EFE

Allí, el barbijo forma “parte del arsenal de responsabilidad individual en pos de la buena salud” y “constituye un accesorio más, utilizado en cualquier día del año”. Nuevamente, la moda entra en juego. Suelen ser “customizados” y hasta pueden resultar en intervenciones artísticas.

A diferencia de otros entrevistados, auguran que, aun si se discontinúa su función como artículo sanitario ineludible, “no será desestimado, porque representó una acción conjunta, y tal vez el deseo de dejar de mostrar la intimidad de nuestros rostros”.

Una de las conclusiones de las académicas tiene que ver con la “mediatización” –un concepto normalmente atribuido a los dispositivos digitales en la sociedad contemporánea– que implica este dispositivo.

“Así como las pantallas mediatizan constantemente nuestras prácticas, consumos, relaciones y formas de socialidad, el barbijo media todo lo que se puede hacer en un mundo con posibles amenazas bacteriológicas“, piensan en conjunto.

Para ellas, el barbijo permite a las personas esconderse detrás de la tela, ocultar gesticulaciones que no se podrían exhibir de otra manera, las recluye en su espacio íntimo y personal, y hasta les permite camuflarse en la muchedumbre.

En el subte, dos hombres viajan con barbijo. Uno duerme. Otro, usa el celular. Shanghai, febrero de 2020. Foto: Noel Celis – AFP

Pero, a la vez, entienden que los tapabocas, al limitar algunas acciones –desde los gestos, hasta el alcance de la voz–, habilitan la reflexión en torno a la “forma de ser en el mundo” de las personas.

En resumen, ponen en jaque las experiencias y, “al cubrir sentidos como el olfato y el gusto, invita a agudizar otros”.

MG

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