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La vacuna peronista: el Gobierno apuesta a que su mayor fracaso lo rescate

El plan de vacunación en la provincia de Buenos Aires no respeta a los padres del kirchnerismo. Jorge Remes Lenicov vive en La Plata y tiene un vacunatorio cerca de su casa, pero debió hacer unos 30 kilómetros para darse la protección contra el Covid, semanas atrás. De nada le valió haber sido el encargado de tomar las medidas económicas que le marcaron el rumbo a Néstor Kirchner.

El episodio que envolvió a Remes Lenicov, devenido en el último tiempo en una especie de rockstar entre los peronistas no kirchneristas por un paper que explica las causas de la pobreza, se repitió en incontables ocasiones y fue largamente documentado por las crónicas periodísticas. Ocurre en distritos gobernadores por la oposición, como La Plata, donde manda Julio Garro (Juntos por el Cambio).

Alberto Fernández, Cristina Kirchner, Axel Kicillof tienen motivos para estirar el viaje de los que van por la vacuna. A falta de otros éxitos que mostrar, la foto con el hombro descubierto reemplaza al viejo corte de cintas. Nadie lo entendió mejor que el gobernador de Buenos Aires, quien multiplicó en un folleto que se reparte en los vacunatorios su imagen con el momento en el que la jeringa le estaba por atravesar la piel.

Tanto en la inauguración de obras como en la inoculación de personas, rige el mismo principio: el mérito nunca puede caer en manos de rivales políticos. Más cuando la promoción de la vacuna tapa el estado de la economía.

La llegada de dosis por millones en los últimos días apuntaló el plan de vacunación y la expectativa política del Frente de Todos.

Con menos estridencia, otras conducciones, como la de Horacio Rodríguez Larreta, también tratan de sacar provechode la vacunación.

Hay usos políticos de la vacuna en el oficialismo que podrían ser más escandalosos que la folletería o el vacunatorio vip. Los médicos de la oposición sospechan que el ritmo de aplicación en la primera parte del año se ajustó para evitar que el país se quedara sin dosis. En otros términos, si la vacunación se hubiese hecho antes con el ritmo de ahora, como recomiendan los médicos, la Casa Rosada habría tenido que soportar una tapa de diario que no quería ver. No ocurrió.

La cuarentena más larga del mundo no alcanzó para que el país eludiera las primeras posiciones en el ranking mundial de fallecimientos, y las vacunas llegaron tarde pese a las facilidades iniciales que tuvo la Argentina para comprarlas. Ese entuerto es la base de la paradoja que envuelve a la Casa Rosada: el kirchnerismo confía en que su peor fracaso en la gestión sea la bala de plata que le ayude a sortear las próximas elecciones.

Las encuestas avalan las prácticas kirchneristas. Giacobbe & Asociados sostenía en marzo pasado que un 33% de la población estaba dispuesta a votar al Gobierno cuando la vacunación se extendiera, mientras que otro 10% apuntaba que “quizás podría votar” al oficialismo si eso se daba.

Un trabajo reciente de la misma consultora reveló otro dato: la mayor ventaja para el Frente de Todos se daría sólo cuando se aplique la segunda dosis. Es una bendición sanitaria que este año haya comicios.

La expectativa del Frente de Todos pasa porque la promesa de que un despertar postpandemia de la mano de la vacunación llene de algarabía al electorado -en contraste con el año y medio previo- en la víspera de las elecciones.

El uso de la percepción no es exclusivo del Frente de Todos y suele crear un marco arriesgado de conjeturas. Una mirada similar tenía Juntos por el Cambio meses antes de su derrota electoral.

El exministro de Hacienda Nicolás Dujovne sostenía que si bien la economía tendría un comportamiento precario en un contexto de ajuste mostraría, en términos secuenciales, una evolución positiva. A tal punto que octubre de 2019 sería el mejor de los últimos 12 meses. Los pronósticos económicos de Dujovne se cumplieron en parte, pero el vaticinio electoral, no.

La épica de la vacuna podría tomar en el futuro caminos que hasta hace poco hubiesen parecido quiméricos. No sólo debido a la fabricación local de la Sputnik V por los Laboratorios Richmond, sino también por otras líneas de trabajo menos conocidas que están en marcha al interior del Estado.

En abril pasado, una agencia del Ministerio de Salud lanzó una convocatoria para financiar proyectos públicos para avanzar en una vacuna argentina. Hay $60 millones disponibles y dos iniciativas con potencial científico. A ellos se le suman otros cinco proyectos acompañados por el Conicet dedicados al mismo tema.

El efecto político de tener una vacuna peronista-kirchnerista puede ser tan grande como sus beneficios sanitarios. Engrosaría la historia industrial del movimiento, que cuenta con creaciones de suerte diversa como aviones (el Pulqui), autos (el Justicialista), motos (la Puma), el rastrojero, el tractor Pampa, que arrancaba para atrás, y hasta un intento fallido por crear pequeños soles argentinos.

El dinero es un punto a resolver. Es difícil que el talento y la tenacidad de los científicos argentinos le ganen a un presupuesto tan exiguo. Por caso, sus colegas europeos y norteamericanos recibieron para el mismo trabajo miles de millones de dólares.

La Casa Rosada se resiste a liquidar la última gestión para tener la vacuna Pfizer en el país. La clave ahí pasa por darle a la empresa una garantía con contragarantía en el exterior. Es el seguro de caución en Nueva York del que habló Ginés González García con el CEO del laboratorio, Nicolás Vaquer. Si llega, la vacuna de Pfizer tendrá menos sentido del esperado, pero se revestirá con la épica kirchnerista de otras acciones relacionadas con el manejo de la pandemia.

A medida que avanza la vacunación, los más optimistas en Casa Rosada comienzan a preocuparse porque el día después de la crisis sanitaria que los sorprendió los volverá a enfrentar a los problemas de siempre.

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