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Postales insignificantes de una gira

Salvo para el Perón terminal, que se mojó y se pescó una gripe colosal que lo condujo directamente a la tumba pocos días después de su viaje a Paraguay en pleno lluvioso invierno de 1974, las giras presidenciales suelen ser momentos de alivio, de apuntalamiento del ego y hasta de ensoñación para los mandatarios argentinos, que así escapan por unos días de sus rutinas infernales generadas por sus propias garrafales deficiencias y el incierto devenir cada más complicado que propone el destino.

El más célebre viaje de este tipo –larguísimo, nada menos que 79 días, en 1947– no fue protagonizado por un presidente argentino, sino por una primera dama, Eva Perón.

Tal periplo, que abarcó varios países, pasó a la historia como la “gira del arco iris”. Tras la derrota de los fascismos europeos en la Segunda Guerra Mundial, el peronismo –cuyas afinidades con esos movimientos eran innegables– intentaba blanquear su imagen mostrándose como “otra cosa”.

Evita no hizo gran esfuerzo en diferenciarse de aquellos nefastos regímenes ya que su primera parada (¡16 días!, sin duda una época de menos urgencias) fue en la España del “generalísimo” Francisco Franco. “En la Argentina trabajamos para que haya menos ricos y menos pobres”, dijo la “abanderada de los humildes” en uno de sus discursos. Setenta y cuatro años más tarde podemos afirmar que acertó en la primera parte de su predicción, mas no en la segunda (2020 cerró, según datos del Indec, con 20,5 millones de pobres, una catástrofe social que interpela a toda la sociedad, pero, principalmente, al partido que más tiempo gobernó la Argentina desde 1983 hasta nuestros días). Por culpa de la pandemia y de erradas decisiones, en el conurbano, ya son pobres el 73% de los chicos, cuyo futuro será aún más negro por el empecinado capricho de mantener las escuelas cerradas.

Salvando las distancias, en el fondo no hay tantos matices entre el cholulo que se hace la selfie al paso con un famoso y la euforia que sienten los mandatarios argentinos cuando posan para la posteridad junto a personalidades mundiales. En ambos casos, el efecto se desvanece pronto (si lo sabrá Mauricio Macri, con sus ojos llenos de lágrimas de emoción, rodeado de los principales jerarcas políticos de este planeta en la gala musical por la Cumbre del G-20 en el Teatro Colón, un año antes de ser arrasado en las urnas por las actuales autoridades).

ALberto Fernández, el Rey Felipe VI y Guzmán

Para los teóricos de la semiótica, la foto y el video de esos magnos acontecimientos serían el “significante”, la representación, la forma de algo que su “significado”, su sustancia, debe explicar. Pues bien, los contenidos de esos besamanos internacionales, tanto de aquel G-20 como de la reciente gira de Alberto Fernández y de su séquito, suelen ser más bien escasos, superficiales, poco duraderos. Una serie de guiños deshilvanados –en algunos casos, equívocos, como ciertas sugestivas entrelíneas de sus pares español y francés, más el gesto adusto y la brevedad formal del Papa– no aportan gran cosa. Terminan siendo postales insignificantes. Palmaditas en la espalda.

Y ello no sucede precisamente por la mala voluntad de los visitantes, en aquella ocasión, ni de los anfitriones, en esta. Muy por el contrario, se diría más bien que la Argentina siempre despierta simpatías y curiosidad en el mundo entero por constituir el rarísimo fenómeno de ser una nación tan pródiga en innegables riquezas naturales y en tantos talentos innatos de su gente en tan diversas disciplinas, y al mismo tiempo no poder salir nunca adelante por arruinar su economía de manera tan persistente y espantosa.

Aunque no existe cita bíblica al respecto, la frase atribuida a Dios “Ayúdate que yo te ayudaré” ha perdurado como un refrán muy popular que la Argentina se niega a poner en práctica. Parece chiste: mientras el Presidente y su ministro de Economía imploraban clemencia en Europa para que el FMI y el Club de París sean más benignos en los pagos que el país adeuda, el ala con más poder del Frente de Todos en la Argentina se mostraba derrochona al impulsar que los derechos especiales de giro otorgados por el Fondo (US$4300 millones) se usen en más planes sociales y al proponer reducir hasta en un 50% para las zonas más frías la tarifa del gas (que Martín Guzmán pretendía subir y no pudo en el porcentaje que había decidido).

¿Cuál sería la razón para que organismos financieros le otorguen más facilidades para pagar a un país que es un defaulteador serial y cuyo gobierno solo busca más aire para llegar en mejores condiciones a las elecciones? La Casa Rosada acaba de respaldar una vez más al ministro Guzmán, pero, acaso, ¿será solo el titular de una cartera sui generis de “Economia Exterior”, por así llamarla, ya que su potestad sobre las variables interiores (precios, tarifas, reservas, etcétera) es más bien limitada?

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