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La columna de Búsico. Lo que el virus se llevó: la competencia interna, un sueño prohibido

Los últimos doce meses han parecido una década. La pandemia nos llevó a la impaciencia de no saber cuándo se acabará, al dolor por tanta muerte y tanta destrucción anímica, a la desazón porque nada de lo que se pronostica se cumple –no llegan las vacunas, se las reparten entre los poderosos, no se parió ni de lejos una sociedad mejor, la desigualdad es cada vez más abismal– y al hastío por tanto encierro. La esperanza pasó a ser una figurita difícil. En este universo, el rugby argentino todavía no termina de hacer pie.

Ahora, el impacto agresivo de la segunda ola clausuró el regreso de las competencias oficiales. La Unión de Rugby de Buenos Aires, por ejemplo, iba a comenzar sus campeonatos el sábado anterior; los atrasó para pasado mañana, pero ante el aumento sostenido de los contagios tuvo que reprogramar otra vez su calendario. No se juega por el torneo desde octubre de 2019, cuando la final del Top 12 coincidió con la participación de los Pumas en la Copa del Mundo de Japón. Se dibuja como una foto de otra época.

SIC y Belgrano protagonizaron la última final del Top 12; fue el último partido de rugby local, hace un año y medio.

Frente a este panorama que afronta todo el país, la Unión Argentina de Rugby abrió su billetera y, como lo había hecho en 2020, destinó 140 millones de pesos a ayudar a las 25 uniones y a los 574 clubes que conforman el mapa del rugby argentino. El año pasado habían sido 105 millones de pesos. Hay, dentro de ese paquete económico, un monto fijo y otro que se reparte de acuerdo con la cantidad de jugadores afiliados, lo que en muchos casos suele generar desigualdades, ya que los clubes que más necesitan el dinero son los de menos recursos y, por ende, los de menos gente que paga la cuota. Pero, al fin de cuentas, es un auxilio que todos valoran, más allá de si es suficiente o no.

La salida del Súper Rugby, que se produjo en un pestañeo, implicó un cimbronazo deportivo y económico. Habrá que mentalizarse en que esa competencia no volverá al menos por unos cuantos años. Nueva Zelanda, Australia y World Rugby empezaron a acordarse de los isleños del Pacífico Sur. ¿Cuál es hoy la opción más cercana? Disputar la Currie Cup sudafricana con un equipo integrado en su enorme mayoría por los jugadores que hoy están en Jaguares XV jugando la Superliga Americana (SLAR). Europa sigue estando lejos, sobre todo desde el lado económico.

En la UAR sostienen que el presupuesto con el que cuentan hoy es parecido al que tenían en 2012, cuando empezó el Rugby Championship. No hay, aseguran, margen de maniobra para grandes gastos. La apuesta a la SLAR tiene como objetivos desarrollar la competencia profesional en la Región –un pedido expreso de World Rugby– y darles lugar a los jóvenes argentinos para que tengan un trampolín hacia los Pumas. Hay conciencia del bajo nivel que tiene el torneo y de lo desigual que es cuando juega Jaguares XV, pero el proyecto es a muy largo plazo.

Es la Argentina la que lidera este movimiento en la región, sobre todo desde que Agustín Pichot le dio un fuerte impulso desde World Rugby a Sudamérica Rugby. Encontrar nuevos mercados y atraer a otras cadenas televisivas suponen para la UAR una inyección económica para más adelante armar otra franquicia, sobre todo si se unen Estados Unidos y Canadá.

A comienzos de 2022 se renovará una parte del Consejo de la UAR –presidente y secretario, entre otros cargos–, por lo cual este es un año político, aunque no se vislumbra otro rumbo que el que se viene tomando desde 2008. Lo que sí se está reclamando desde algunas uniones –Tucumán, especialmente, cuyo representante renunció al Consejo hace unos días– y varios ex jugadores referentes es que se vuelva a celebrar el Campeonato Argentino, que se archivó para darle lugar a la SLAR. O sea, que se fortifique la competencia interna. La dirigencia desliza que no descarta la idea, pero aclara que, por la pandemia, es imposible llevarla a cabo este año.

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