Ricardo Zielinski: “Hay técnicos que entienden el negocio: hacen poquito pero se venden muy bien”Deportes 

Ricardo Zielinski: “Hay técnicos que entienden el negocio: hacen poquito pero se venden muy bien”

—¿Qué te pasa cuando dicen que Zielinski es defensivo?

—¿Sabés qué pasa? Hay desinformación. Y la desinformación molesta. Si fuera defensivo no tendría nada de malo, pero no lo soy. A mí me gusta jugar bien, me gusta atacar; no soy necio, si de eso se trata. Defiendo, claro, no se me cae ningún anillo. Y no digo determinadas frases para que la gente piense que soy lírico. No, no soy lírico. La verdad, yo creo que a la larga decir que soy defensivo es ridículo. Hemos logrado un montón de cosas que no las conseguís defendiendo.

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—¿Cuáles son esas frases que te hacen un DT lírico?

— A veces la gente piensa que tener la pelota con el arquero y los centrales te hace un entrenador ofensivo. Y hablan de la posesión… A mí me gusta el fútbol inglés, por ejemplo. Con transiciones rápidas, cambios de ritmo. No me gusta el juego de 30 pases para llegar a mitad de cancha. Está en contra de mi naturaleza, no me agrada. Y mis equipos hacen muchos goles, eh. Algunos eligen decir palabras difíciles para justificar que defienden como todos. Eso me da bronca. Un amigo siempre dice: “Todos defendemos más o menos igual y algunos atacan un poco más que otros que hablan mucho”. Es la verdad. Hay muchos que vos decís, “¿éste de verdad ataca? ¿Cuántas veces llegó al arco contrario?” . Cuando mirás detenidamente un partido te das cuenta de que no ataca nada. Juega bien con los dos centrales, con el arquero, con el 5…

El Ruso Zielinski jugó de mediocampista en el ascenso: San Telmo, Argentino de Quilmes, Chacarita, Mandiyú, Laferrere e Ituzaingó. (Juano Tesone)

—Pero los jugadores se dan cuenta enseguida si decís una cosa y hacés otra.

—Se dan cuenta a los 2 segundos. Vos tenés que saber con qué armas contás. A nosotros en Belgrano nos trataban de defensivos porque nos veían contra Boca, River y los 5 grandes. Y por supuesto que ellos atacaban 20 mil veces más que nosotros. Yo no podía hacer un partido de ida y vuelta. Trataba de cortar circuitos, analizar los defectos… Yo no vengo a Buenos Aires para que los equipos grandes me hagan 5 goles. Vengo para tratar, desde mi lugar, desde la estrategia, hacer que mis jugadores puedan rendir más ante un rival más poderoso. Se piensan que me meto atrás porque tengo ganas.

—La famosa historia de “morir con la tuya” no es tan simple cuando no tenés recursos.

— Esto es un juego, con estrategias. Y es fácil hablar si tenés el ancho de espadas. Pero si tenés un 3 tenés que pensarla. Acá hay mucho discurso a partir de la abundancia. Pero quisiera ver a muchos de esos que hablan de la abundancia cómo se mueven cuando no la tienen. Yo trato de dignificar al fútbol diciendo la verdad. Sé que no se puede jugar de la misma forma con cualquier jugador. Y si me das a Messi y al Barcelona voy a jugar de una manera y si me das un equipo humilde tendré que jugar de otra, sino sería un necio. Algunos técnicos entienden muy bien el negocio. O tienen representantes que también interpretan muy bien el negocio. No es el camino que yo he elegido. Después, que cada uno se venda lo mejor que pueda. Las palabras en algún momento tienen que ser condescendientes con la realidad. Y muchas veces no lo son. Es parte del fútbol: algunos tienen un timbre mejor y a otros nos ha costado un montón entrar a algunos lugares. Hay técnicos que entienden el negocio, hacen poquito pero se venden muy bien. 

—¿Qué significa venderse bien?

—Que parezca que hiciste un montón pero en realidad hiciste lo que hacen todos, o incluso menos. Eso tiene que ver con la exposición también. Algunos se sienten cómodos en ese camino y les ha servido tener una exposición desmedida. A mí no me interesa. Nunca estuve dispuesto a pagar el costo. Hay determinadas cosas que sabés que rinden y se consumen pero no son las que yo elijo para mi vida.

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Una de las cosas que entendió en su etapa de jugador era que no tenía que vivir del fútbol. Por eso estuvo detrás de la barra de un bar de Lanús, por eso invirtió en canchas de fútbol 5 y trató de tener a mano un salvavidas del cual agarrarse cuando el sistema del fútbol lo dejara afuera. Sabe lo que es arrancar desde abajo: su primera transferencia (como juvenil de San Telmo a Argentino de Quilmes) fue a cambio de un colectivo viejo de la línea 148. El ascenso con Belgrano en el Monumental trazó una bisagra, claro. Pero antes de ese ciclo histórico y antes de esta etapa auspiciosa en Atlético Tucumán, el Ruso -con 59 años es el más veterano de los técnicos de la Superliga- conoció los suburbios del fútbol en los bancos de Atlanta, San Telmo, Deportivo Morón, San Martín de San Juan, Defensa y Justicia, All Boys, Juventud Antoniana de Salta, El Porvenir, Temperley, Ben Hur de Rafaela, Chacarita y Patronato.

“El jugador de fútbol a los 35 años ya es un viejo. Y a la vez es muy joven para toda la vida que tiene por delante. Por eso hay que llegar preparado al final. Cuando mis hijos jugaban en inferiores y debían decidir si seguir con el fútbol o con el estudio también hablé de estas cosas. Hoy tengo la suerte de que los dos sean médicos. Hay una sola cosa, la más importante, que debía transmitirles: que ejerciten el intelecto. Eso es lo que les va a permitir ser libres en la vida. Vos tenés que trabajar el intelecto porque sino te llevan puesto, te dominan. Al futbolista y a cualquiera”.

—¿En el vestuario se habla de esto?

—Trato de hablar cosas puntuales. Lo aprendí de Griguol: trato de inculcarles a los jugadores que si pueden se compren un departamento o una casita y al menos tengan un sustento cuando dejen la actividad. Porque vos no sabés qué te puede pasar, una lesión te corta la carrera y te frustra. Entonces, que el fútbol te dé por lo menos un hogar para tu familia. Que cuando se retiren no tengan que salir a manejar un remís como pasa con un montón de muchachos en el ascenso. En definitiva de eso se trata nuestro trabajo: tratar de ayudar al otro para que el día de mañana transite por buenos lugares.

—¿Qué ventajas te dio haberte criado en el ascenso?

—Y, te acostumbrás a hacer un entrenamiento con una pelota y un cono. Después de vivir en ese contexto, en primera división, hay entrenadores que con poco hacen mucho. Pasa en cualquier actividad: si arrancás de abajo tenés un margen diferente que quienes trabajan en la abundancia.

—¿Por qué encasillamos a los técnicos?

—Porque hay mucha gente que no sabe de fútbol. A ver: creen que saben de fútbol como creemos que sabemos de política. Yo pienso que son los jugadores los que hacen a un equipo mejor o peor. Las ideas tácticas no son tan importantes a la hora de un resultado. Evidentemente hay un negocio y hay que entenderlo; yo lo entiendo pero no lo comparto. En Argentina son pocos los que están en una posición dominante, administrando riquezas. Pasa en la sociedad y pasa en el fútbol. Son muchos más los que administran pobreza. Por ejemplo, no entiendo cómo no se dan cuenta que los merecimientos son totalmente diferentes según el lugar de dónde partimos. No es lo mismo terminar quintos en Atlético Tucumán, con un presupuesto muy acotado y desde el Interior, que salir quintos con un equipo grande y una economía 50 veces mejor. No puede ser que nosotros tengamos las mismas obligaciones que un equipo que gasta 20 veces más. Independientemente de que nos pongamos desafíos, por supuesto. Pero bueno, hay que vender, hay que decir un montón de cosas… Y hay técnicos que saben venderse bien. Para mí, el esfuerzo se valora mucho más de acuerdo al lugar de donde venís.

—¿Cuánto de realidad y cuánto de verso hay en las carpetas de proyectos que presentan los técnicos al llegar a un club?

—De proyecto no hay nada. En realidad, es así: vos como entrenador debés tener un proyecto pero sabiendo que si perdés tres partidos te vas.

—¿Es imposible escapar a esa histeria?

— Son las reglas del juego, los fracasos se le acreditan siempre al entrenador. No digo que estén bien las reglas, pero son esas. O te quedás o te vas. Desde mi lugar trato de tenerlo claro y al mismo tiempo organizar una estructura, darle importancia a las divisiones inferiores, proyectar juveniles. Yo armo un proyecto como si fuera a estar mucho tiempo en un club, pero al mismo tiempo sé que si los resultados no se dan me van a cambiar.

—Hay que acostumbrarse a lo que está mal entonces.

—Es que es así, vivimos de los resultados. Y si no tenés resultados lo pagás al quedar desocupado. Yo soy un malísimo perdedor. Yo tengo miedo a perder. Porque sé que la paso mal cuando pierdo. Me encierro en mi habitación, no salgo, no hago las cosas que me gustan hacer cuando nos va bien, no voy a comer un asado con mi familia… Lo sufro. Entonces trato de hacer lo mejor para que al menos pueda tener un buen fin de semana. Y es todo así, vamos semana a semana.

El Ruso llevo a Atlético Tucumán hasta los cuartos de final de la Libertadores 2018, jugó la final de la Copa Argentina 2017 (perdió con River) y llegó a octavos en la Sudamericana de ese año. (Emmanuel Fernández)

La grieta del fútbol

—¿Por qué se sigue hablando de la grieta bilardistas contra menottistas?

—No sé, pero es antiguo. A mí me gusta el rock y también el tango. Y también el folclore. En el fútbol pasa lo mismo, trato de sacar lo mejor de cada uno, pero en definitiva soy yo. El problema es copiar. Nos roban y robamos cosas. La pelea Bilardo-Menotti ha atrasado muchísimo al fútbol argentino. Y no crecemos, nos quedamos estancados en esa pelea tonta. No aportamos nada para adelante. Así ves que la Selección no tiene una identidad. Brasil la tiene, Uruguay la tiene, Argentina no. Buscamos a uno que juega de una manera, después a otro que piensa de otra y no sabemos para dónde disparar. La Selección es la elite y no es un buen lugar para que empieces a tener experiencia. Siempre iban a la Selección los campeones en sus equipos. Y ahora estamos en este lugar. Es todo raro. Creo que después de Pékerman y Bielsa no hemos peleado por nada. Es necesario y es urgente encontrar una identidad.

—¿Resulta lógico que algunos entrenadores prestigiosos le escapen a la Selección?

—Hay un problema, me parece: nos quedamos con los 2 ó 3 que dicen que no. Y en Argentina hay muchos más entrenadores con capacidad. No se termina ahí. Igual, seamos realistas: el ámbito actual de la Selección está lejos de ser el ideal como para dejar un club organizado donde tenés un proyecto, ganás mucha plata… Venís acá y en dos minutos sos desprestigiado, porque acá desprestigian a todo el mundo.

“Dios atiende en Buenos Aires”

—¿Se siente en el fútbol la diferencia entre Buenos Aires y el Interior?

—Sí, es innegable. El Interior está muy lejos todavía. Nos cuesta muchísimo llevar jugadores, nos cuesta en lo económico, en las distancias. Hay un abismo de diferencia. Yo he trabajado seis años en Belgrano y llevo dos en Atlético y te puedo asegurar que en el Interior es todo mucho más difícil. Y hay gente honesta, laburante, y todos los días trata de mejorar la vida institucional de los clubes. Tanto en el fútbol como en cualquier otra actividad Dios atiende en Buenos Aires.

—¿En qué se nota?

—Los equipos del Interior tienen que estar entre los tres, cuatro primeros para tener un poco de trascendencia. Tuvimos que jugar octavos de final de Copa Sudamericana, cuartos de final de la Copa Libertadores, tuvimos que jugar la final de la Copa Argentina, tuvimos que salir quintos en el campeonato para que hablen un poquito. Y un chiquitito así hablan, eh. En Belgrano, lo mismo. Clasificamos a copas internacionales, salimos segundos, vendimos por 20, 30 millones de dólares para que hablen un poquito. Es todo mucho más difícil.

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Aquella gloriosa tarde en el Monumental

El grito de gol de Guillermo Farré que ascendió al Belgrano de Zielinski y hundió a River en la Promoción 2011. AP

—¿Qué es lo primero que viene a tu cabeza cuando recordás el ascenso contra River?

—Lo que siempre rescaté de eso es que nunca tuvimos la intención de ver al rival, sólo queríamos ascender. Nos manejamos con mucho respeto, nunca hemos hablado de más, nunca nos subimos al morbo de River. Habíamos agarrado al equipo en el segundo semestre y estaba último. Los puteaban a todos. Lo único que queríamos era lograr el sueño de todos esos chicos: de estar últimos a poder ascender en cuatro meses. Y esa final fue maravillosa, no teníamos nada que perder. Me acuerdo de eso: de entrar al vestuario y verles las caras a esos tipos que cuando yo fui estaban desahuciados. Y que cuando terminó el partido tenían una felicidad indescriptible. Eso es el fútbol. Eso es lo que queda, que en apenas 4 meses puedas cambiar tu vida. Que esos chicos hayan pasado de la nada, de poder irse al descenso, a terminar ascendiendo a Primera en una final contra River. Que puedan comprarse una casa. Esa es mi verdadera pelea, mi verdadera búsqueda: que ahora vuelva a encontrarlos y te digan que ese logro les cambió la vida. Y que no queden a la deriva o deban salir a hacer una changa cuando dejan el fútbol. Dignificar a un tipo no tiene precio.

MFV

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