Los secretos de Golden State, esa marca registrada que llegó a su quinta final seguida en la NBADeportes 

Los secretos de Golden State, esa marca registrada que llegó a su quinta final seguida en la NBA

El deporte de alto rendimiento es como las dietas: cada tanto aparece una receta milagrosa que vende humo y promete resultados inmediatos, pero el auténtico éxito se plasma cuando el trabajo es a largo plazo y va de la mano con la constancia profesional.

A Golden State le costó demasiado abrirse paso en ese interrogatorio cuasipolicial al que se vio sometido su estilo de juego por los analistas de la NBA. Tenían show, es cierto, pero de repente se encontraron con un equipo que corría, lanzaba a los cinco segundos de posesión, apostaba más a los triples que al poste bajo y parecía no amar la defensa. El tiempo les dio la razón a los Warriors.

Llegar a cinco finales consecutivas en la mejor liga del mundo, luego de barrer por 4-0 a Portland en el Oeste, es algo que solamente habían logrado los míticos Celtics que fueron 10 veces finalistas y nueve veces campeones entre 1957 y 1966.

Stephen Curry festeja su doble y Quinn Cook grita ante el logro del crack.
Foto: AP

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Golden State levantó el Trofeo Larry O’Brien en 2015, 2017 y 2018. Y si lo hace este año frente a Milwaukee o Toronto se convertirá en la cuarta franquicia en ganar tres títulos consecutivos, después de los Lakers -en sus versiones de Minneapolis y Los Angeles-, los Celtics y los Bulls de Michael Jordan.

La NBA va para el lado que cree conveniente. Un ejemplo muy fuerte son los Warriors, que pueden jugar un estilo de juego que les conviene y encima hay ciencia detrás y está bien elaborado. No importa si lanzan muchísimos tiros en los primeros 5 segundos de posesión. Ya no es tan importante si vas a tener gente en el rebote sino que tu equipo tenga en claro que vas a tomar esos tiros. A pesar de que nuestro ojo esté acostumbrado a ver otro tipo de básquetbol y sienta el juego de los Warriors como apresurado, para ellos es una decisión bien tomada. Y para mí también”, comentaba días atrás Sergio Hernández, entrenador de la Selección, en Clarín.

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Llevó tiempo, esa “maldita daga” cantada por Fito Páez, construir un estilo de juego que cambió la fisonomía de la NBA hasta lograr que hoy parezca absolutamente normal que cada equipo tenga ala pivotes y pivotes que lancen triples, y que se juegue con una velocidad, dinámica y precisión a distancia que asombra. Ah, y con una defensa intimidatoria por momentos.

Así como la elección de Tim Duncan en el draft de 1997 fue la semilla para la siembra feroz de los cinco anillos de los Spurs entre 1999 y 2014, cuatro en los dedos de Emanuel Ginóbili, los Warriors son lo que son desde la “era Stephen Curry, seleccionado en el séptimo lugar del draft de 2009. Pero la bestia Steph debería esperar a rodearse de compañeros que se nutrieran de su explosividad.

En 2011 llegó el tirador Klay Thompson, capaz de atrapar a una mosca con sus reflejos para armar y lanzar triples en milésimas de segundo. Y en 2012 arribó Draymond Green, el glorioso “gordo todoterreno” al que todos quieren tener en su equipo. El resultado fueron dos playoffs consecutivos.

Y entonces llegó una gigantesca apuesta del manager general Bob Myers: Steve Kerr, pentacampeón de la NBA, debutaría como entrenador. El ex tirador firmó el 14 de mayo de 2014 y el 16 de junio de 2015 se convirtió en el primer DT “novato” en ser campeón desde Pat Riley en 1982.

La mano de Kerr se vio en el momento justo, cuando en el cuarto juego ante Cleveland, cambió a Andrew Bogut por Andre Iguodala en el quinteto y construyó la formación baja, rápida, letal en el tiro y feroz en la defensa que sería su marca registrada.

Fue el prólogo para la histórica temporada 2015-2016, con 24 triunfos desde el arranque y un récord de 73-9, que quebró los 72-10 de los Bulls de Jordan en 1995-1996. Pero Cleveland se tomó revancha en la final por 4-3, luego del 1-3 inicial.

Eran pocos y llegó ese longilíneo francotirador llamado Kevin Durant para ser bicampeón y Jugador Más Valioso de dos finales al hilo.

En 2017, los Warriors lograron la mejor efectividad histórica en los playoffs (94,1%) con un récord de 16-1. Philadelphia y Los Angeles Lakers también habían perdido apenas un partido en la postemporada, pero los 76ers habían jugado 13 partidos en 1983 y el equipo angelino, 16 en 2001.

Kevin Durant celebra su segundo título con los Warriors, en 2018.
Foto: Reuters

Y en 2018, los Warriors fueron el noveno equipo en la NBA en ganar todos los partidos de una final al mejor de siete, después de Boston en 1959, Milwaukee en 1971, Golden State en 1975, Philadelphia en 1983, Detroit en 1989, Houston en 1995, los Lakers en 2002 y San Antonio en 2007.

El básquetbol moderno va para ahí. Jugar en el poste bajo es cada vez más difícil, porque llegan las ayudas, las rotaciones, no te dan tiempo ni espacio y lo normal es que sea más difícil defender lejos del aro que cerca. Por eso el juego te está llevando a tirar desde cada vez más lejos“, explicó Lucas Victoriano en este diario.

Sin los lesionados DeMarcus Cousins y Durant, Golden State arrasó a Portland y ahora espera tranquilo para recuperar físicamente a sus jugadores. Que Milwaukee y Toronto se preocupen por lo suyo, porque el que llegue a la final ya sabe que lo esperarán los Warriors. Una marca registrada en la NBA. 

Draymond Green sonríe durante el partido que marcó la clasificación a la final de Golden State.
Foto: AP

​Opinión

Draymond Green, el Dennis Rodman de los Warriors

Por Oscar Sánchez (entrenador)

Mi primera final como analista fue la que en 1998 jugaron Chicago Bulls y Utah Jazz. En esos tiempos, el equipo de Michael Jordan se lucía colectivamente con una defensa increíble y con una ofensiva triangular, dos virtudes de estos Golden State Warriors que acaban de llegar a su quinta final consecutiva en la NBA.

Claro que si bien aquella ofensiva de los Bulls no tenía el mismo concepto en cuanto al dibujo táctico, sí mantiene similitudes con la actual de los Warriors en cuanto al juego de pases, el movimiento de balón y los jugadores clave. Jordan y Scottie Pippen eran decisivos, como hoy lo son Stephen Curry y Kevin Durant.

Estaba en la habitación del hotel viendo un poco de tele y las imágenes en vivo mostraban lucha libre en Las Vegas. Allí, increíblemente, uno de los que animaban esas peleas era nada menos que Dennis Rodman. ¡Sí, el Gusano! Mientras él luchaba, sus compañeros estaban en el hotel concentrados en plena final de la NBA.

Dennis Rodman, un personaje antológico campeón con los Bulls.

Al día siguiente, en la práctica y en la conferencia de prensa, los periodistas fueron a pedirle explicaciones al entrenador Phil Jackson y a Jordan. Hasta el famoso Jack Ramsay castigó la indisciplina del jugador y la permisiva acción del “maestro zen”.

Recuerdo que Jordan opinó con llamativa ironía: “Espero que Denis distribuya los 250.000 dólares ganados entre sus compañeros”. Era entendible esa respuesta: sin Rodman, los Bulls no hubieran podido ganar. Karl Malone tenía un protagonismo habitual cuando enfrente estaba Luc Longley. Se divertía y le hacía goles de todas las maneras. Con Rodman, imposible. El Gusano lo humillaba y no lo dejaba jugar jamás su famoso bloqueo directo con el maravilloso John Stockton.

Stephen Curry y Draymond Green, figuras de los Warriors.
Foto: AFP

Al ver ahora a Golden State, noto que se puede disimular la gran ausencia de Kevin Durant. Pero el que no podría faltar es ese gladiador llamado Draymond Green. Es sorprendente. Físicamente, no tiene límites. En un deporte en el que se juega en forma arrítmica, él tiene sólo una marcha: la de la velocidad pura.

Saca rápido después de un tanto, rebotea y en 3 segundos la sube con dribbling como un base nato y genera juego en el eje de cancha, donde la pasa, hace una cortina o lanza. Su pick al balón, recibiendo y pasando para un alley-oop, es bello de ver. Su regreso a la defensa es igual a cuando avanza en el ataque. Es como un arquero que tapa todo tipo de rompimiento al aro del adversario y si es necesario hasta hace un “piquete de ojos”. Si no, sino pregúntenle a James Harden.

Por eso va mi comparación con ese otro distinto que fue Rodman, de quien se obvió su indisciplina. Draymond Green, con 1,98, demuestra que es un atleta imprescindible para los logros de los Warriors y que hizo olvidar quizás al otro mejor del mundo: Kevin Durant.

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