Una tarde en Moreno con el holandés que pudo cambiar la historia del Mundial 78Deportes 

Una tarde en Moreno con el holandés que pudo cambiar la historia del Mundial 78

La final del Campeonato Mundial de Fútbol de 1978, en el estadio de River, comenzó bajo un cielo gris en aquella tarde del 25 de junio, exactamente a las tres de la tarde. La historia es conocida, la Selección Argentina ganaba 1-0 por el gol de Mario Kempes​, pero Holanda empató a los 36 del segundo tiempo por un cabezazo de Nanninga, que había entrado un rato antes. Encaminaba el partido hacia una imprevisible definición en tiempo suplementario.

El furioso ida y vuelta entre argentinos y holandeses no había decrecido y se esperaba el silbato final del árbitro, el italiano Sergio Gonella, hasta que –a los 45 minutos y 14 segundos de ese segundo tiempo– el tiro del holandés Robert Rensenbrink dio en el palo de Fillol. Américo Gallego tomó el rebote y la despejó, bien lejos… Se cuenta que los corazones de 25 millones de argentinos se detuvieron en aquella ráfaga que transcurrió desde el toque del holandés hasta que desapareció el peligro aunque, en realidad, no sucedió tan así.

Un análisis técnico más fino, del propio Rensenbrink, apuntó tiempo después que no hubo chance de gol, que pateó desde un ángulo “imposible”, en fin. Media hora, 45 minutos después, era apenas una anécdota, ya que Kempes y Bertoni con sus goles, Fillol con sus atajadas, y todos los héroes de esa magnífica Selección encaminaron a la Argentina hacia el primero de sus dos títulos mundiales: 3 a 1.

Los jefes de la dictadura intentaron aprovechar ese festejo, pero la alegría de la gente en las calles era otro asunto. Y seguramente, para muchos, un remanso de paz y un estallido eufórico en la oscuridad de aquellos años. Para los que estábamos en el estadio, cubriendo desde un palco de prensa, el disparo de Rensenbrink pareció una anécdota más, tapada luego por la explosión del festejo. Aunque no lo olvidaríamos nunca. Lo vimos junto al “Tío” Onetto, un veterano de la redacción de Clarín (con Julio Blanck y Pedro Uzquiza nos tocaba cubrir las notas de “color” y las conferencias de prensa). Nos encontrábamos en línea cercana, directa, a 25 metros del arco argentino. No recuerdo si nos abrazamos, pero sí que nos miramos con alivio.

Cuatro días antes, la Argentina había logrado su clasificación con la goleada ante Perú 6-0 en Rosario, otro partido que dio para unas cuantas polémicas, extendidas hasta hoy. Apenas regresados de aquella cobertura, y en la mañana del 22, nuestro destino era Moreno, el camping del Sindicato del Seguro, donde concentraba la Selección de Holanda, la otra finalista. La recepción de prensa era un asunto sobrio, sin la parafernalia, el despliegue ni los despliegues mediáticos de los tiempos modernos.

Estábamos apenas una decena de cronistas y un equipo de televisión, holandés. El DT visitante, el austríaco Ernst Happel, estableció media hora para su propia conferencia de prensa y después, otra media hora para que pudiéramos entrevistar a sus jugadores. Todo era sencillo, tranquilo y abierto, y mucho más después de que ellos también se clasificaran finalistas con el 2-1 ante Italia, sellado por un golazo de Haan desde 40 metros.

Happel había heredado de nombres como Stefan Kovacs y el gran Rinus Michel la conducción de un seleccionado maravilloso, que había revolucionado el deporte cuatro años antes con su teoría del “fútbol total”. Johan Cruyff​, uno de los más notables jugadores de la historia y símbolo de aquel equipo, lo definió así: “Con Michels se produce el nacimiento del fútbol moderno, avances en oleadas, diez defensores que se transforman en atacantes, jugadores que saben hacerlo todo. Esa es la obra de Michels. Y crear, al menos, diez situaciones de gol por partido”. Una desorganizada Argentina del 74 lo padeció dos veces, antes y durante el Mundial, sufriendo sendas goleadas. El 78, pero ahora en la final, volvía a colocarlos frente a frente.

Happel habló con serenidad y confianza, y después, para la entrevista, nuestro objetivo era Robert Rensenbrink, goleador del Mundial hasta aquel momento con 5 tantos. Uno de ellos, en el partidazo que perdieron contra Escocia 3-2 en la fase de grupos, fue el número 1.000 en la historia de los Mundiales. “Agradezco los homenajes y esa torta que trajeron para festejar. Pero lo único que me preocupaba era el partido. Y lo perdimos”, lamentó. En la Selección de Clarín, de acuerdo a los promedios de los jugadores, con 7.33 puntos era el segundo mejor futbolista de la Copa, sólo precedido por Fillol.

Recordé que Héctor Vega Onesime, el director de la revista El Gráfico, entrevistó a Rensenbrink un año antes, cuando su equipo consiguió la clasificación para el Mundial con el triunfo ante Bélgica. Y me había anticipado que era “un tipo sencillo, accesible, más bien silencioso, todo lo lejano a una estrella”. Aunque se lo había apuntado como sucesor de Cruyff –ya retirado de la Selección- nunca asumió ese rol. “Soy un hombre público, a pesar mío. Eso no quiere decir que odie la popularidad, pero soy consciente que es algo fugaz, especialmente para quienes la conseguimos a través del fútbol. Entonces me preparo para no sufrir decepciones”, le dijo a Vega Onesime. Este escribió que “Rensenbrink, en su infancia, pensó en ser carpintero. Tan solo llegó a aprendiz. Algunos dicen que esa temprana frustración grabó para siempre su carácter. Sereno, introvertido, casi hosco, inexpresivo. Como si el crack del fútbol hubiese sido un usurpador de aquella fantasía de carpintero”.

Rep y Rensenbrink, los hombres de punta de la Selección holandesa, tanto en el 74 como en el 78, eran delanteros temibles. Justo en aquellos días, en su columna para Clarín y en vísperas de la final, César Luis Menotti los describió como “grandes jugadores. Aunque el verdadero caudillo del equipo, por su personalidad, es Ruud Krol”. Para el Toto Lorenzo, quien también tenía sus columnas especiales en el diario con motivo del Mundial “Rensenbrink es un futbolista imaginativo, que se mueve por todo el frente de ataque. Es muy peligroso darle un centímetro de ventaja”.

Pero fue a Rep al primero que encontramos, luego de la conferencia de Happel, en un pasillo del campus. Y él nos indicó: “¿Ves ese flaco que camina, allá lejos? Ese es Roby. Y no te apures, porque va tan despacio que de cualquier manera lo vas a alcanzar”.

Raqueta en mano, Rensenbrink y la charla con Clarín. Holanda concentraba en el predio del Sindicato del Seguro en Moreno y los jugadores se distendían jugando al tenis.

No había citas previas, agentes de prensa, managers, asistentes especiales, asesores de imagen o estilistas. Nada. Simplemente fue acercarse y conversar un rato. Aún cuando palpitábamos las vísperas de la finalísima mundial. Rensenbrink acababa de jugar un partido de tenis y era muy accesible. Algunas de las consultas eran obvias, comenzando por la comparación con el 74, cuando Holanda terminó frustrada por la caída en la final ante Alemania: “Mi opinión es que el nivel técnico de este Mundial es inferior. Acá influye mucho el público. Pero el espectáculo de la gente no lo vi en ningún lugar del mundo, eso de tirar papelitos cuando entra el equipo… En Alemania, la Copa se vivía de otra manera”. También consideró que el único secreto del fenómeno holandés “es la rotación permanente, todos jugamos o tratamos de jugar por todos los sectores”. No le molestó, tampoco, que le preguntáramos por Cruyff, otro asunto recurrente. “Siempre lo admiré y creo que fue el jugador con quien mejor me entendía dentro de la cancha Pero nuestras personalidades son completamente distintas. Por eso, yo nunca podría cumplir su función”. Sobre el equipo argentino, era muy elogioso con delanteros como Kempes y Luque, justamente a los que padecería horas más tarde.

También un Rensenbrink más íntimo nos habló de sus hobbies (el tenis, como vimos, y la pesca), su artista favorito era Paul Newman, y su ídolo futbolístico de la infancia, un tal Koen Moulijn, del Feyenoord. Pero su devoción absoluta, al igual que toda su generación, era hacia Pelé y Cruyff. ¿Cábalas? “Ninguna, tampoco tengo ídolos ni talismanes. Lo único que llevo es una venda para protegerme las piernas”, afirmó.

Robert Rensenbrink había nacido el 3 de julio de 1947 en la Amsterdam de la posguerra, jugó fútbol desde los diez años en equipos menores y cuando estaba por ingresar al Feyenoord –junto al Ajax, los nombres dominantes de Holanda y Europa a comienzos de los 70- prefirieron transferirlo al Anderlecht de Bélgica. Allí y en el Brujas transcurrió casi toda su campaña profesional, marcando casi 150 goles, ganando 2 títulos y 5 copas nacionales, y dos supercopas europeas una de ella con goleada al imbatible Bayern Munich. Rensenbrink también fue elegido Balón de Plata europeo en 1976 –apenas superado por el gran Beckenbauer- y de bronce en 1978.

Nos despedimos cordialmente sobre el mediodía, nadie nos apuraba. No le deseamos “suerte”, obviamente, pero sí le dimos un formal agradecimiento. El suplemento Mundial en la edición del día siguiente de Clarín incluía aquella cobertura de la concentración de Holanda con la entrevista al goleador, una Carta Abierta del arquero peruano Chupete Quiroga –producida por Hugo Rey- donde aseguraba que “Perdimos un partido, no la guerra. Jugamos contra Argentina con el mismo amor que contra Escocia”. Y también leíamos las columnas especiales de Menotti, Lorenzo, Pelé, Di Stéfano, Helenio Herrera.

Los holandeses se marcharon dolidos, frustrados, del Monumental. Y por supuesto, no quisieron saber nada de la cena de gala posterior en el Hotel Plaza o de saludar a alguno de los dictadores de la época. En su país fueron recibidos como héroes por la Reina Juliana, el príncipe Bernardo y diez mil hinchas. A Krol, como capitán, lo condecoraron con la Orden de Orange.

Rensenbrink, Luis Vinker, y Willy van de Kerkhof leyendo Clarín, en la previa de la final del Mundial 78.

El disparo de Rensenbrink se convirtió en leyenda. Hace algún tiempo, el periodista Pablo Vignone volvió a describir la jugada: “Empezó en un tiro libre de Haan, pelotazo largo para Rensenbrink, Olguín no puede frenarlo y del delantero remata. El achique de Fillol no alcanza, choca con el delantero. La pelota da en el palo y Gallego la rechaza”. Rensenbrink le contó al periodista británico David Winner que “no fue una chance de gol. Yo no tenía espacio para controlarla y maniobrar, tenía que tirar como fuera y Fillol dejó un hueco pequeño. A veces pienso que habría sido mejor para mí que la pelota saliera directamente. Entonces la gente no me preguntaría más por esa jugada. Si hubiera sido una gran chance, todavía estaría sufriendo por eso. Pero era imposible anotar”. En cambio, Krol discrepa: “Si se hubiera tomado un tiempo más, hubiera marcado. El, como Van Basten o Best, era capaz de marcar goles increíbles desde ángulos técnicamente imposibles”.

Rensenbrink siguió su carrera futbolística en un incipiente liga de EE.UU. y se retiró en el Toulouse francés, en 1982. Desde entonces, prácticamente no se le volvió a ver: se dedicó a su mujer, sus hijos… y a la pesca. También presentó su autobiografía y se supo que enfrenta con valentía una enfermedad degenerativa.

El tiro de Robert Rensenbrinck ya superó a Fillo y dará en el palo. Se jugaba el último de la final del Mundial 78 y el partido estaba 1 a 1.

“Roby” Rensenbrink fue un futbolista de excepción, de los mejores de su década, dos veces vicecampeón del mundo. Aunque quedara asociado a aquel tiro en el poste. “A veces pienso que hubiera sido mejor que la pelota se fuera, nadie me hubiera preguntado nada. Nunca”, sentenció. Habíamos compartido un rato amable, días antes en la apacible quinta de Moreno. Después, sobre un arco del Monumental, llegaría aquel tiro que, para un lado o para otro, o como indica Woody Allen en el comienzo de Match Point, sería la marca del destino.

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