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La Selección: cuando ganar era mucho más fácil

Hubo un tiempo en el que ganar era mucho más fácil para la Selección y para todo el fútbol argentino. Se festejaba en las calles, se disfrutaba incluso más allá del resultado en las finales. Vencer era una cuestión casi invariable, de todos modos. Al fútbol del Río de la Plata -parecía- no había con qué vencerlo…

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La Selección obtuvo cuatro Copas América en la década del 20 (1921, 1925, 1927 y 1929). Esa es, junto con la década del 40, la más exitosa para Argentina a nivel continental. Uruguay se impuso en otras cuatro de ese decenio. Brasil apenas sumó una. 

En el primer campeón atajaba el icónico Américo Tesoriere y Julio Libonatti (el primer argentino que jugó en el fútbol italiano) era el goleador. “Tesoriere, el de Boca, es el preferido. Y lo demuestra: el arco, invicto en todo el torneo. El final no podía ser de otro modo: Argentina y Uruguay. Y el gol de oro del uno a cero lo conseguirá Julio Libonatti, el rosarino. Un gol que enloquece a los 25.000 espectadores. Sí, 25.000 espectadores que consagran al fútbol como al espectáculo del pueblo. Como no hay alambradas, el público invade la cancha en la pitada final, carga a sus hombros al héroe de Rosario y grita: ‘¡al Colón, al Colón!’. Así es llevado el héroe desde el estadio de Sportivo Barracas hacia el centro. Pero a mitad de camino hay algunos a quienes el Colón les parece insuficiente y gritan: ‘¡A la Rosada, a Plaza de Mayo!’. Y allá va la muchedumbre con el gladiador triunfante en hombros, a quien quieren consagrar César. Pero Julio Libonatti no actuará ni de tenor ni en el escenario del Colón ni jamás traspasará el umbral de la Rosada. Lo comprarían los italianos para que juegue en el Torino. Así se iniciaba el éxodo de los mejores, un desangre colonial que todavía hoy -y más que nunca- sufre el fútbol criollo”, retrata Osvaldo Bayer en el libro Fútbol Argentino.

La Selección Argentina que logró el primer título sudamericano, en 1921.

En el seleccionado campeón de 1925, por ejemplo, jugaba Manuel Seoane. Era una suerte de Maradona de los tiempos precámbricos. Su caso es emblemático: unió las dos épocas con idéntico sello. El delantero de Gerli, quien con 166 tantos fue el máximo goleador de Independiente hasta 1930, era todo un crack. Ya como profesional, y en sólo tres años, hizo 34 goles en 56 partidos.

Es cierta, en cualquier caso, la creencia de que en aquellos tiempos aún había respeto por el carácter lúdico del deporte más popular. Sirve una anécdota de Seoane: a fines de los años 20, La Chancha le dijo en pleno partido a su compañero Alberto Lalín que le cruzara la pelota para que él convirtiera un gol. Lalín se la pasó y Seoane marcó el tanto. Luego corrió hacia Lalín y le gritó: “Viste, hice el gol”. Pero éste lo cortó en seco: “Sí, fue gol, pero así no me divierto”. Lalín quería seguir la pared. En ese tiempo la estética vinculada al juego tenía un valor que el tiempo y los mercaderes de la pelota se fueron devorando. O algo así…

En la consagración de 1927, en Perú, Manuel Ferreira, Nolo, se mostró en la escena internacional como lo que era: un crack, un Profesor. Símbolo de aquel Estudiantes de La Plata que regalaba lujos en tiempos de Amateurismo y que se hizo emblema del buen juego en la primera década del Profesionalismo. Un año más tarde, en los Juegos de Amsterdam, el mundo le dio un apodo que perdura y perdurará: El Piloto Olímpico.

El tercer título de Argentina. Caritas de los campeones del Sudamericano de 1927.

En el Sudamericano de 1929, el de la cuarta vuelta olímpica argentina, Carlos Desiderio Peucelle convirtió apenas un gol (el primero en el 3-0 a Perú, el 3 de noviembre, en el Gasómetro). Entonces, jugaba para Sportivo Buenos Aires. Dos años después, quedaría para siempre instalado en la historia del fútbol argentino: en 1931 River pagó 10.000 pesos por él. De esa transferencia nació el apodo más arraigado al club de Núñez: Millonarios. Ya en el Profesionalismo, Barullo ganó cuatro títulos con La Banda (1932, 1936, 1937 y 1941). Luego, ya como técnico y junto a Renato Cesarini, le dio forma a La Máquina.

Hasta los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, cuando la Selección dirigida por Marcelo Bielsa obtuvo la primera medalla dorada, Argentina había disputado dos finales: en Amsterdam 1928, cuando aún no se disputaban los Mundiales y esta competición era la más distinguida, y en Atlanta 1996.

En el equipo que participó en Holanda jugaban, entre otras figuras, Luis Monti y Raimundo Orsi. Doble Ancho y Mumo. El centrojás y el wing. Monti es el único jugador que disputó dos finales sucesivas de la Copa del Mundo para selecciones diferentes (con Argentina en 1930 y con Italia en 1934). Fue un futbolista clave en la primera consagración de la Italia de Vittorio Pozzo. Doble Ancho fue tres veces campeón en el Amateurismo, con la camiseta de San Lorenzo.

Orsi fue un paradigma de un puesto que el Profesionalismo fue degradando y/o reconvirtiendo en días más recientes: el wing. Resultó bicampeón con Independiente (1922 y 1926) y ganó cinco ligas consecutivas con la Juventus (de 1931 hasta 1935). Luego jugó en Peñarol y en Flamengo. Y en ambos fue campeón. Era zurdo y gambeteador. Cuentan que si hubiera jugado más tarde, también habría sido imparable. Orsi, además, tenía un detalle que define a aquel tiempo valioso: en las escasísimas y aburridas concentraciones, solía tocar el violín para entretener a sus compañeros.

Más: en esa década del 20, futbolistas argentinos fundaron dos jugadas que, poco menos de un siglo después siguen siendo motivos de admiración: el Gol Olímpico (creación de Cesáreo Onzari en 1924) y La Palomita (invención de Pablo Bartolucci en 1929).

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El primer Mundial, Uruguay 1930, coincide con el último año del Amateurismo en la Argentina. Y la Selección, que venía de ser subcampeona olímpica y campeona sudamericana, tuvo una actuación destacadísima. El equipo demostró su superioridad en la fase de grupos (derrotó sucesivamente a Francia, México y Chile) y en las semifinales vapuleó a los Estados Unidos, 6-1.

La Selección, rumbo a la final del Mundial del 30.

La final fue un testimonio de la hegemonía rioplatense: como en Amsterdam, se volvieron a cruzar celestes y albicelestes, el 30 de julio, en el Centenario de Montevideo. Ganó 4-2 Uruguay, tras ir perdiendo 2-1 al cabo del primer tiempo. A los 37 minutos, Guillermo Stábile había marcado su octavo gol en cuatro partidos (no fue titular en el debut ante Francia) y así se consagró como el primer goleador de los Mundiales, con un impresionante promedio de dos goles por encuentro. Tuvieron que pasar 58 años para que otro argentino, Mario Kempes, volviera a ser el máximo anotador de una Copa del Mundo. Por lo incisivo de su juego se ganó el apodo de El Filtrador. Tras jugar en Huracán, fue transferido al Genoa, de Italia.

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Las giras de los equipos argentinos por el exterior, en esos tiempos, también demuestran el destacado nivel del fútbol de la tierra que luego vio nacer a Diego Maradona y a Lionel Messi. En 1925, Boca viajó por España, Alemania y Francia. Y en esa memorable gira que marcó un hito para su popularidad, ganó 15 partidos, empató uno y perdió tres.

En 1928 y 1929, Sportivo Barracas anduvo de gira por Brasil, Portugal, España e Italia. Entre otros resultados destacados, venció al seleccionado de Río de Janeiro (3-2), a Portugal (3-2), al Milan (2-1), al Nápoli (1-0), a la Lazio (2-0) y al seleccionado de San Pablo (1-0). Poco después, Gimnasia La Plata venció al Real Madrid y al Barcelona. 

Se recuerda respecto de los contactos internacionales en este tiempo: el Mundial de Clubes de la FIFA (organizado desde 2000 e ininterrumpidamente desde 2005) jamás fue ganado por un equipo argentino. En la última edición, en Emiratos Arabes, River quedó afuera frente al Al Ain en su primer partido. Síntoma de otro tiempo

Es cierto que las dificultades de organización eran frecuentes. Lógico: en los tiempos fundacionales del fútbol, en cualquier rincón del mundo, sucedía igual. O parecido. Por ejemplo, en 1923, en la Asociación Argentina (la oficial, afiliada a la FIFA), Huracán y Boca disputaron el campeonato golpe a golpe. Y llegaron al tramo final igualados en 51 puntos. Con una diferencia relevante: a Huracán le faltaba completar un partido. Sin embargo, la Liga dispuso que el título debía definirse directamente en encuentros directos de ida y vuelta. Tras una victoria para cada uno y una igualdad, Boca se impuso 2-0 en el cuarto encuentro y se consagró.

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Pero esas situaciones curiosas no fueron patrimonio exclusivo de los días románticos. Bastará con recordar el 38 a 38 en la votación de Ezeiza, en el contexto de la conducción de la AFA. También otro espejo de este tiempo. Estos en los que a la Selección tanto le cuesta consagrarse…  

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